martes, 13 de septiembre de 2011

INDIA DEL SUR. 25- EPÍLOGO

Hace ya dos semanas que un avión me depositó, de regreso del otro lado del mundo, en Barajas; dos semanas de retomar un gesto tan habitual como abrir la puerta de casa y reconocer los perfiles de los objetos cotidianos sintiéndolos familiares pero ajenos, incluso sobrantes, a la vez; de revisar la correspondencia acumulada con extrañeza, como si no fuera conmigo esa vaina de bancos y facturas, aunque sea mi nombre el destinatario; de deshacer el equipaje y preguntarme si podré aligerar un poco más el próximo; de despertarme de madrugada con el desconcierto inicial de no saber dónde estoy hasta que la mente reacciona...
Dos semanas recuperando el contacto con la vida real: padres, trabajo, amigos... volviendo a la rutina, pero también a las ilusiones, proyectos y decisiones que quedaron en suspenso, aplazados a la vuelta del viaje.

No sé, es posible que haya viajes que te cambian la vida. Sé por referencias de alguno de ellos. No considero, en cambio,  que los que yo hago sean de ese tipo. Son viajes organizados, aventura controlada, breves inmersiones guiadas en otras realidades, en otros mundos que están dentro de éste... Sin embargo algo se mueve con ellos. 
Mi sensación a la vuelta es que ha habido un "desdoblamiento", una escisión interior y que esas dos capas tienen que volver a acoplarse al regreso -y lo van haciendo, con mayor o menor rapidez dependiendo de la intensidad del viaje-, para poder seguir en lo cotidiano. Mientras tanto el viaje continúa, cocinándose a fuego lento, por debajo del día a día recuperado, de forma más o menos inconsciente.
Y, a veces, si ha sido lo suficientemente intenso y uno lo suficientemente permeable, suceden pequeños cambios de rumbo, como si a uno no le quedara más remedio que apuntar un poco en otra dirección el astrolabio, como si cambiara el pulso con el que se agarra el timón en ese otro viaje, el que hacemos todo los días: nuestro particular, personal e intransferible viaje a Ítaca.

Pero para eso uno ha de estar dispuesto a ir un poco más allá de la superficie, de la foto típica, del souvenir... y elegir dar las "luces largas", atreverse, a veces empeñarse, a buscar respuesta a las preguntas que van surgiendo... en el viaje y también en el día a día. Creo que eso es lo que marca la diferencia entre el turista y el viajero... Pero también puedo estar equivocada.

Termino las crónicas de este intenso y vibrante viaje a India del Sur reiterando los agradecimientos iniciales y añadiendo otros:

A nuestra guía, Henar, que supo transmitirnos su entusiasmo y amor por todos los aspectos de este fascinante país y su cultura. Y que intentó facilitarnos nuestro disfrute más allá de lo que cabría esperar en un guía. Su sonrisa queda en mi recuerdo, y en mi corazón, como una de las más luminosas de India.

A nuestro conductor y ayudante, que nos condujeron por más de 3.000 km de vivas y nada fáciles carreteras e hicieron, sin hacerse notar, que el bus, nuestra segunda casa, fuera lo más confortable posible.

A mis compañeros de viaje, la pequeña familia adoptiva en la que durante un mes hemos compartido la ilusión por viajar, y tantas experiencias que quedan para el recuerdo con una sonrisa. Por lo que he aprendido con ellos y a través de ellos.

A mi amigo Tino por su generosidad y ayuda técnica dejándome a Ganesh, su pequeño laptop sin el cual no habría sido posible narrar estas crónicas en tiempo real. Y por estar ahí desde ese otro viaje, hace siete años, a India del Norte-Nepal. Ha sido un placer cerrar este círculo contigo.

A ese país caleidoscópico, fascinante y hermoso, aún en sus miserias y contradicciones, que me ha enseñado a sonreir más y, sobre todo, a poner más corazón en mis sonrisas: India.

Y a todas las personas, Auténticas, que lo habitan.

India Sur, Agosto-Madrid, Septiembre 2011


                                                                   Grupo India del Sur Agosto 2011




domingo, 11 de septiembre de 2011

INDIA DEL SUR. 24- MUMBAI (Bombay). El Sincretismo


Es difícil hablar de una ciudad que no es una ciudad, sino un conglomerado de ciudades que se contienen las unas a las otras; una megalópolis que desborda una extensión de 440 Km cuadrados: Mumbai.

Es difícil imaginar que hasta el S XVII, antes de que llegaran los portugueses y, tras ellos, los ávidos ingleses con su Compañía de las Indias Orientales, antes de que se cambiara su nombre original, tributo a la diosa Mumba, por Bombay, esto eran siete tranquilas islas habitadas por pescadores...
La visión comercial del europeo, que supo apreciar sus enormes posibilidades como puerto natural, comenzó la titánica obra de ganar terreno al mar hasta dar lugar a lo que ahora es esta isla conectada con el continente por puentes: La capital financiera y cultural de India y una de las mayores urbes del planeta.

Las cifras marean: Estamos hablando de la ciudad más grande y poblada de India con 16 millones de habitantes (hasta 21 calculados sumando los suburbios según otras fuentes), y la tercera más grande del mundo; una de las de mayor densidad de población mundial con 29.000 habitantes por Km cuadrado, hasta 400.000 en algunos barrios (Podemos imaginar siquiera ese hormiguero?); el motor económico (responsable del 40% de su PIB, el mayor de todo el suroeste asiático), y comercial (por su puerto, uno de los mayores del mundo, pasa el 50% de su actividad) de este fascinante país...

En ella se aglutina y resume toda la historia revisada en nuestro viaje, se hablan unas 200 lenguas y se practican todas las religiones, hasta las minoritarias como la parsi, que aún mantiene la práctica de colocar a sus difuntos en lo alto de unas plataformas, las Torres del Silencio, para que lo buitres descarnen los cadáveres... 

Tomamos el tren nocturno Aurangabad-Mumbai. Cubrir los 350 Km. que separan ambas ciudades nos llevará algo más de siete horas.
Cuando despierto hace más de una hora que atravesamos sus suburbios y aún me da tiempo a recoger mis cosas y bajar de la litera en la que he dormido sorprendentemente bien.
En la estación, de nuevo, el calor sofocante, la humedad y un cielo plomizo amenazante de monzón. Y los cuervos. Hacía mucho que no los veía en una ciudad, desde que entramos en la India más musulmana, ya casi los echaba de menos. No imaginaba cuando llegué a este país que acabarían cayéndome simpáticos...

Nos alojamos en el animado distrito de Colaba, en el extremo más meridional de Mumbai. Me falta tiempo para salir pitando del hotel a cumplir una de mis pasiones: Descubrir una ciudad perdiéndome en sus calles sin más que un mapa en el bolsillo y mi entusiasmo por conocer, esta vez desprovista de la ansiedad por verlo todo, absurdo empeño cuando disponemos de apenas 48 horas en éste nuestro "fin de fiesta".

En seguida desemboco en el paseo marítimo y la veo: La Puerta de India, ese arco del triunfo abierto al Mar Arábigo erigido en conmemoración a la visita de Jorge V y que, paradójicamente, vería desfilar al último regimiento británico de vuelta al ya, irremediablemente, mermado imperio.
En una esquina un monumento rinde homenaje a Vivekananda, que partió de aquí para impregnar al mundo de otra espiritualidad. Y enfrente, el Taj Mahal Palace hace realidad el lujo asiático en forma de hotel. Unas tanquetas custodian su entrada, igual que la de otros edificios emblemáticos, recordando la convulsa realidad religiosa que subyace explotando periódicamente en forma de atentados. 

Me dejo llevar por espaciosas avenidas entre monumentales edificios coloniales neogóticos con toques art déco (galerías de arte, museos, cines, bibliotecas...) en la zona de Kala Ghoda hasta el distrito de Fort. Viendo el Tribunal Supremo y la Universidad diría que estoy delante de una abadía o de una catedral. Es alucinante...

Pero mi capacidad de asombro se desborda en la estación de tren de Chhatrapati Shivaji (Estación Victoria), patrimonio de la Humanidad e interesante legado del colonialismo británico. Impresionan tanto su arquitectura exterior como su hervidero interior. Dicen que a diario pasan por ella dos millones y medio de personas...

Todo ese exceso, unido al calor y a la exhaustiva pateada me llevan de vuelta al hotel tras reponer fuerzas en un restaurante local (con cerveza) en el que, como otras veces, soy la única cliente femenina.
Constato por el camino que, al fin, parece que he aprendido a cruzar las calles "a la india" sin importarme el tráfico. De todos modos, por si las dudas, hay una forma muy sencilla de hacerlo: pegarse a un local y cruzar con él...

Por la tarde reanudamos las exploraciones. Nos dirigimos a Malabar Hill, el barrio pijo. Curiosamente, insertado en esa zona residencial y a tiro de piedra de los jardines colgantes, donde la gente adinerada ataviada con ropa deportiva va a pasear su sobrepeso (resulta chocante ver alguna mujer con sari y zapatillas), hay un pequeño reducto, un oasis donde el tiempo está detenido, alrededor del estanque de Banganga. Con sus casitas minúsculas, sus pequeños templos, tienditas y albergues para peregrinos es un remanso de paz.
Otro de esos lugares mágicos es Kotachiwadi. Cerca de la iglesia de Santa Teresa, encantadoras casas de madera encajonadas entre edificios nos transportan a la antigua vida de esta ciudad.

Y, ya de vuelta, tras visitar un templo jainista para redondear así la larga lista del viaje, paramos en Marina Drive y nos asomamos a la playa de Chowpatty, donde la gente va a pasar el rato, merendar, ver atardecer... y puede que los más osados a darse un baño en sus contaminadas aguas. La nocturnidad nos ahorra ese detalle y nos permite contemplar el skyline y el "collar de la reina" como llaman a las luces que bordean la línea de costa.

Del día siguiente poco se puede decir salvo que el monzón fue el protagonista. A duras penas conseguimos llegar a los Dhobi Ghat, el barrio de los lavanderos al pie de las vías del tren, ese día sin actividad, no sabemos si por la lluvia o por las reivindicaciones que les hacían manifestarse.

La visita a las torres del silencio y los mercados de Crawford y el Chor bazar quedarán para otra ocasión. La única opción viable con el diluvio fue refugiarse en el museo Príncipe de Gales, de impresionante arquitectura indo-mogol-colonial y dar un repaso del viaje en la arqueología, grabados, marfiles y otros objetos que expone, incluida la sección de ciencias naturales con sus animales disecados. La exhibición de objetos tibetanos (fascinante el pectoral de huesos humanos para exorcismo del primitivo y chamánico budismo Bön) me hizo retornar al viaje de hace dos años...
 Y poco más ya que hacer alguna compra de camino al hotel para gastar las últimas rupias, armar el equipaje y una cena de despedida pasada por agua.

A través de las ventanas empañadas del bus la ciudad nos despide, irreal y oscura, camino del aeropuerto. El avión nos devolverá a la realidad cotidiana.

Al día siguiente, ya en casa, leo a nuestra guía que pocas horas más tarde el monzón obligó a cerrar el aeropuerto. Nos salvamos por poco...
Tal vez todas las pujas realizadas a Shiva y Vishnú durante el mes tuvieron algo que ver? Quién sabe...

 
                                       

                                                                          Puerta de India

                                                                                 Fuente de Flora
                                                                          Estación Victoria 1
                                                                                Estación Victoria 2
                                                                      Sinagoga Keneseth Eliyahoo

                                                            Estanque de Banganga


                                                           Chiringuito. Playa de Chowpatty
                                                                         Árbol sagrado
                                                                El monzón. Charco "navegable"
                                                                            Dhobi Ghat

                 Manifestación

martes, 30 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 23- AJANTA Y ELLORA. La fe que mueve montañas


Las últimas etapas de bus por Maharastra hasta llegar a Aurangabad han sido, aunque de bonitos paisajes verdes, muy largas. Pero ha merecido la pena, ya lo creo…
Hubiera merecido la pena el viaje entero sólo por transportarse en el tiempo y contemplar las alucinantes maravillas que nos esperan.  

Aurangabad fue capital del último imperio mogol de 1653 a 1707. De ese esplendor queda un recuerdo: Bibi-Qa-Maqbara, el mausoleo que el hijo de Aurangzeb hizo construir en memoria de su madre y que pretendía ser réplica nada menos que del Taj Mahal. Pero el padre no consintió el derroche de mármoles y el monumento se quedó en un Taj Mahal pobre, que es como lo llaman popularmente. No desprovisto de elegancia, verlo de noche disimuló su deterioro y revistió la visita de un romántico misterio.

Pero vamos con la magia…

Cuando John Smith, oficial de la Compañía Británica de las Indias Orientales, se internó en aquel cañón tallado en el basalto de los montes Indhyadri por el río Wagura, dicen que para cazar un tigre, no sabía que iba a hacer algo mejor que cobrar una presa: iba a despertar al Buda de su sueño de más de mil años, y con ello a pasar a la historia... Era 1819.

Intento llegar a Ajanta con mi capacidad de asombro lo más intacta posible. He leído lo que dice en la guía pero no he querido ver imágenes... En mi memoria están otro cañón en forma de herradura, también de origen volcánico, en Ásbyrgi, la maravillosa Islandia, y un puñado de cuevas: la de los mil budas de Bezeklik en las montañas flameantes del Gobi, las de Bingling, y las míticas de Mogao, todas en China.
Es difícil igualar eso... pero lo que encuentro lo supera con creces en algunos aspectos.

Ajanta es uno de esos lugares de innegable fuerza telúrica. En la pared basáltica, entre el S I a.C. y el S VI d.C., fueron horadadas 30 cuevas que sirvieron a los primeros monjes budistas, además de para la meditación, como salas de descanso (viharas) y de reuniones (chaityas).

La obra es grandiosa, teniendo en cuenta la cantidad de roca que hubo que movilizar con los medios de la época para conseguir vaciar tan grandes espacios. Pero, sobre todo, porque su interior estaba cubierto de pinturas riquísimas en colorido y temática. De nuevo todo lo divino y lo humano,-Escenas mitológicas, de batallas, de la vida de Buda y de la vida cotidiana en la corte-, reflejado con exquisito lujo de detalles. Cómo consiguieron realizarlas en la oscuridad tan sólo con la luz de las velas y aprovechando la escasa luz natural reflejada en espejos, asombra.

El abandono de siglos, tal vez al cambiar las rutas comerciales, preservó las pinturas hasta su descubrimiento. Después comenzó el deterioro. Casi lo de menos fue el pequeño graffiti de Smith con su nombre. La desafortunada capa de barniz aplicada sobre los pigmentos vegetales de la témpera sólo colaboró a descascarillar las pinturas.
Preservar y rescatar lo que queda, ennegrecido, de este patrimonio de la Humanidad va a ser difícil.

Disfruto, pues, mientras dura, con su visión, contemplando el maravilloso entorno natural arriba del mirador, -la cascada, los bosques que se extienden entre las montañas hasta donde alcanza la vista, el vuelo de las águilas…-, y remontando el río hasta un humilde pueblito. 
E intento impregnarme de esa paz y esa belleza, grabarla bien en mi memoria, para regresar, con ella, algún día…

Apenas digerida tanta grandiosidad, que parece insuperable, nos dirigimos al día siguiente a Ellora.

El entorno, con ser menos dramático que el cañón, no es menos hermoso. Esta vez son 34 cuevas robadas a la roca de una ladera a lo largo de 2 Km. de verdor cruzado por cascadas.
Además está la peculiaridad de que aquí convivieron budismo, hinduísmo y jainísmo, pues las cuevas-templo, dedicadas a las tres religiones, fueron excavadas entre el S VI y el S X d.C. casi simultáneamente, por lo que el conjunto es un testimonio de la decadencia, nacimiento y repunte, respectivamente, de estas tres religiones.
Y nunca fueron abandonadas, tal vez por estar mejor situadas en las rutas comerciales...

La "joya de la corona" es el templo de Kailasa. 200.000 toneladas de roca extraída de arriba a abajo y de fuera a adentro constituyendo un delirio lítico, reproducción figurada del monte Kailash, la morada de Shiva en los Himalayas. La obra más grande del mundo de este tipo, no superada en los 12 siglos que han seguido a su construcción.
Imposible aprehenderlo en foto ni describirlo. Sencillamente alucinante visto desde cualquier perspectiva.

La visita de todo el complejo, a pesar de la lluvia pertinaz, que llegó a anegar caminos y escalones y despertó a las ranitas y a pequeños cangrejillos, fue una delicia. Naturaleza e Historia juntas para ser respiradas intensamente...

De nuevo, como el día anterior, sentí cómo algo de esos lugares me iba llenando de una indefinible sensación de calma y alegría y me hacía tararear todo el rato melodías inventadas sugeridas por la magia del ambiente y cantos armónicos magnificados por la fantástica acústica de alguna de las cuevas.

Hasta el punto de que ya no sé, aunque quedan las fotos, si Ajanta y Ellora han sido un sueño vivido o una realidad soñada... Y está bien que así sea.

                                                                        Bibi-Qa-Maqbara
                                                                              Ajanta




                                                 Príncipe seduciendo con vino a su amada



                                                                            Ellora





                                                                                                                                                                                         
  

                                                                               Kailasa




jueves, 25 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 22- KARNATAKA. Ocho días, cinco dinastías, cuatro religiones


Apuramos nuestra estancia en el estado de Karnataka, que hemos recorrido de sur a norte durante poco más de una semana, tiempo tan aprovechado que  parece casi una vida...

Ya hemos hablado bastante de historia, dinastías, arte y piedras.

En cuanto al paisaje físico...

El terreno se ha ido tornando más árido y mesetario, aunque el monzón, que aquí nos ha pillado de lleno -afortunadamente sin impedir nuestra dinámica viajera-, ha dejado la tierra bien empapada y verde.

Sigue habiendo grandes extensiones de campo cultivado con esmero, aunque con bastantes claros adehesados donde pastan rebaños de ovejas y cabras.
Los cultivos más tropicales del sur han ido dejando paso al cereal, sobre todo mijo, las lentejas (con las que elaboran ese delicioso plato, el Dhal), algún viñedo, mucho algodón y otros que mi ignorancia agrícola no reconoce.

Y en cuanto al paisaje humano:

Este es un estado más “indio” que Kerala (el “Caribe” indio junto con Goa), con una ruralidad más marcada, y en el que se aprecia un menor nivel de vida también en los servicios (las carreteras, por ejemplo, están peor cuidadas, aunque las tasas de paso son las más altas, a diferencia de Kerala, en que son gratuitas).

La gente es tal vez menos sonriente de entrada que en Kerala, algo más ruda, aunque la sonrisa acaba brotando y su amabilidad y hospitalidad son proverbiales.
Se ven más hombres con el traje tradicional que popularizó Gandhi: lungi (falda pareo larga) o dohti,  kurta (camisa larga), y gorrito.
Los niños se han hecho algo más insistentes a nuestro paso: “School pen, chocolate, photo”... El lenguaje universal de la infancia en los mundos menos favorecidos.
Y se han empezado a ver asentamientos gitanos al lado de las carreteras, precarias tiendas cubiertas con plásticos y algunas cabras alrededor. Sus mujeres van literalmente cubiertas de adornos y abalorios.

Otras diferencias que se van notando de sur a norte:

El número de musulmanes ha aumentado progresivamente hasta alcanzar su máximo exponente en la ciudad de Bijapur, en la frontera con el estado vecino. Sede hacia el 1500 de uno de los sultanatos turco-mogoles que llegaron en oleadas desde la meseta central del Decán, tiene algunos monumentos que visitamos, como las murallas de su ciudadela con su enorme cañón de 55 toneladas, el elegante mausoleo de Ibrahim Rouza, la mezquita Jama Masjid y el Gol Gumbaz, otro mausoleo de enorme cúpula (una de las más grandes del mundo no sustentadas) con una magnífica acústica en su “galería de los susurros” (más bien de los gritos, que es lo que hacen con insistencia los autóctonos para comprobar el efecto).

En las ciudades y pueblos  han ido desapareciendo los cuervos (introducidos, al parecer, por los ingleses para procesar los residuos) siendo sustituidos por piaras espontáneas de cerdos pequeñitos que corretean hozando por todas partes entre la suciedad, que aquí también es más abundante. Estos animales, al igual que las vacas, no tienen depredador. Y se nota.

Ah, la comida es más picante. Y también se nota... su efecto.

Y además... Hemos tenido la oportunidad de caminar por mercados locales que no tienen ningún hábito de ver ni tratar con occidentales y mezclarnos con su gente; de visitar pueblos como Badami y Aihole, asomarnos a sus casas e incluso entrar en ellas.

Todo esto me ha dejado un recuerdo muy gráfico del que resalto algunas imágenes...

Así que nos despedimos de este estado tras los papeleos de rigor entre un intenso tráfico de camiones profusamente decorados.

La última imagen que me llevo, ésta sólo en mi memoria, es la del muchacho que me lanzó un beso a nuestro paso con una enorme sonrisa.

Entramos en Maharashtra...














                                                            Manifestacion pro-Anna



                                                                    Mausoleo de Ibrahim Rouza
 
                                                      Gol Gumbaz