jueves, 25 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 21- BADAMI Y LOS CHALUCKYAS. Hacia los orígenes del Hinduísmo.


Los drávidas fueron los pobladores aborígenes de India, los depositarios de sus tradiciones más ancestrales y puras, muy diferentes de las del norte. Ocuparon los actuales estados de Kerala, Karnataka, Tamil Nadu y Andra Pradesh y fueron desplazándose al sur tras las invasiones de los hunos (arios, persas...), hacia el 490. Ese fue el comienzo...

Al cabo de tres semanas parece que todo se va colocando y ya sabemos un poquito sobre el “Veronés”.

Nuestra guía me facilitó un pequeño resumen que me ha ayudado a situar histórica y artísticamente este lío de dinastías que componen la “biografía” de  India del Sur. Ahí va...

Desde el S.VII hasta 1565 (invasiones árabe-mogoles) se sucedieron en el sur de India diferentes dinastías cuyos reinados y territorios se solaparon.

Aunque no hay comparación posible en lo histórico ni en las fechas, al menos en lo artístico los estilos arquitectónicos de los templos vistos me han sugerido ciertas equivalencias con los nuestros. Me permito la licencia de reflejarlo aquí en el orden aproximado en que los hemos visitado...

-Pallava: 625-S.IX d.C. Mahavalipuram. Sería como nuestro prerománico y románico.
-Chola: 997-S.XIII d.C. Templos de Nataraja y Tanjore. Como un gótico florido?
-Pandyas: S. XII-S.XIV. Templo de Madurai. Mmm... Este abarcaría todo el gótico.
-Hoysala: S.X-S.XIV. Templos Belur, Halevid, Khesava. El barroco indio, sin duda.
-Viyajanagar: 1336-1565. Hampi. El equivalente a nuestro Renacimiento.

Pues bien, ahora añadimos una pieza fundamental. Para ello tenemos que retroceder en el tiempo hasta el S. VI, cuando el hinduismo hace su aparición absorbiendo conceptos del budismo e integrándolos con las raíces védicas.

La Chaluckya es una dinastía comprendida entre los S.VI-S.IX d.C. Sus exponentes históricos y religiosos están resumidos en los complejos de Aihole, Pattadakal y Badami. Serían el equivalente a nuestro prerománico-románico y gótico temprano...

Visitamos esas ruinas. A estas alturas estamos más que saturados de tanto templo, pero estos resultan curiosos por ser precursores de todo lo visto anteriormente, un “ensayo” para los futuros templos.
Son, por tanto, mucho más sencillos en planteamiento y decoración, más primitivos. Además están peor conservados, debido a su antiguedad y a que están hechos en piedra arenisca, mucho más erosionable.
Aparecen en ellos algunos elementos decorativos como la rueda y la esvástica (testimonio de la influencia aria), motivos geométricos... y torres en forma de mazorca de poca altura. Pero también figuras que ya insinúan la voluptuosidad y el movimiento del arte hinduísta posterior.

Todos esos templos están dedicados a Shiva, el creador-destructor en su simbología creadora más esquemática y primitiva, en forma de lingam, el falo cósmico que fecundaría a la materia primordial o Shakti dando lugar a la multiplicidad (algo parecido a lo del yang-yin y las diez mil cosas de los taoístas...).
Así que el símbolo fálico se encuentra por todas partes. Aunque sin las connotaciones sexuales que nosotros le atribuímos.

Pero todo esto, con ser interesante es algo muerto... Y yo me quedo con lo vivo, con la vida que hay alrededor de esos templos en ruinas: las de los habitantes de Badami y Aihole.

Y con los cientos de minúsculas ranitas, algunas como la uña de mi meñique, que salían a nuestro paso después de la lluvia en los templos. Cogerlas en la mano y observarlas me llevó de vuelta a mi infancia...

Templo de Durga. Aihole




                                                                             Pattadakam




                                            Tirka (piscina ceremonial). Templo de Mahakuta

                                                                      Árbol sagrado

                                                                       Kaala (el tiempo)

                                                                        Cueva-templo. Badami
                                                      Badami

                            

lunes, 22 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 20- HAMPI. La ciudad fantasma de Vijayanagar


Viyajanagar significa victoria. Este el nombre de la ciudad capital de la dinastía homónima que constituyó el “Renacimiento indio” de 1326 hasta 1565.
Su importancia durante esos 200 años fue comparable, si no superior, a la de Roma en nuestras latitudes, llegando a tener unos 500.000 habitantes. 
 
Saqueada por los invasores islámicos de la confederación de sultanatos del Decán, que no consiguieron dar con su tesoro (se dice que éste, una vez salvado, ocupó en su traslado 500 elefantes...), lo que quedó del imperio fue trasladado a la región de Andhra Pradesh, donde sobrevivió a duras penas unos años antes de caer definitivamente en el olvido.

Las ruinas de Vijayanagar ocupan una superficie de 16 Km. cuadrados en el valle del río Tungabhadra, en una zona en la que el Ramayana sitúa Kishkinda, el reino mítico de los monos, y fueron declaradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 1987.
Su hallazgo sorprendió a los británicos en el S.XIX (Kipling la menciona en el capítulo “el reino de los monos” del Libro de la Selva) y nos sorprende a nosotros.

Se trata de un paisaje encantador, fascinante... 
En una de esas de pedrizas graníticas parecida a las vistas anteriormente pero mucho más extensa y “monumental”, entre cultivos de banano, caña y arroz, y campos florecidos, a la sombra de grandes árboles, asoman dispersas, hasta donde alcanza la vista, multitud de ruinas: grupos de templos con sus cúpulas y muros de protección, columnatas, templetes, miradores... sobre las que corretean ardillas y lagartos. Entre ellas pastan tranquilamente las ovejas y las vacas. Los lugareños van y vienen por las margenes del río, en el que los niños se bañan. Pequeñas embarcaciones circulares (putti) cruzan de un lado a otro o, simplemente, pasean a los turistas (muy pocos, al menos en esta época del año). 
Las ruinas están integradas en el paisaje, los habitantes en las ruinas, y todo el conjunto compone una estampa bucólica que recuerda a los paisajes de la pintura romántica del XIX.

Visitamos el complejo del templo de Vittal con sus columnas sonoras (el efecto se conseguía gracias al diferente diámetro, altura y disposición de las mismas, 56 en total), La balanza real (el peso del monarca era entregado en oro a los Brahmanes), el bazar de Sule (bajo las columnas de un lado los comerciantes locales con sus especias, marfiles, sedas y piedras preciosas; enfrente portugueses, chinos, árabes... con los que canjeaban por caballos que el imperio usaba para mantener sus dominios), el templo de Achyutara, el Centro Real... El eclecticismo de su decoración se debe a su carácter y a los diferentes artistas que pasaron por él huyendo de las invasiones islámicas.

Caminamos hacia Hampi Bazar. Como tantas veces no tengo ni idea de lo que me voy a encontrar... Y, como tantas veces, lo que veo supera a cualquier realidad imaginable: En las arcadas del bazar se han ido instalando pobladores, construyendo sus casas usando la estructura de columnatas y templos. Al parecer esto empezó con la afluencia de turistas y ha ido aumentando con el paso del tiempo hasta constituir un pueblo en las ruinas, todo ello  sin permiso. 
Por iniciativa de las autoridades locales se pretende desalojar a los colonos y demoler sus construcciones para proteger así el patrimonio. Y también aprovechar para construir luego un hotel gestionado por el gobierno con precios para turistas... 

Pero, a dónde irán los habitantes de Hampi, cuyas últimas generaciones ya han nacido ahí? A Bangalore, a incrementar su cinturón de pobreza?? Las indemnizaciones prometidas no llegan debido a la corrupción y ya se está empezando a demoler en las inmediaciones del templo de Virupaksha.

Este tema de la corrupción merece capítulo aparte... India está a la cabeza en el ranking de países corruptos, sólo adelantada por algun país africano. En este país, para abrir cualquier negocio, además de los permisos oficiales (right way), es necesario iniciar una cadena de sobornos a la "no right people" de turno.

La clase media está ya más que harta de esa sobregravación de sus actividades que no se traduce en mejoras sociales. 
Recientemente la situación ha estallado con la reclamación de un parlamentario, Anna Hazare, que ha iniciado una huelga de hambre indefinida pidiendo que la legislación anticorrupción sea aplicada a la clase política (No sé de qué me suena esto...). La respuesta social ha sido entusiasta y se están llevando a cabo huelgas y movilizaciones. Esto es ahora noticia de primera página aquí, en la CNN...

Mientras tanto la "nueva" ciudad de Viyajanagar corre el riesgo de volver a ser la ciudad fantasma que fue durante siglos.



                                                                                                                                                                            





















INDIA DEL SUR. 19- LA INDIA SIN ZAPATOS


En India, más en el campo pero también en la ciudad, muchas personas caminan descalzas.
Esto resulta muy chocante para nuestras escrupulosas mentes occidentales, sobre todo, porque las calles no están precisamente limpias...
El monzón complica las cosas. Caminar por un mercado y sus inmediaciones (bueno, por todos lados) resbalando en el barro, chapoteando entre detritus de todo tipo y esquivando charcos navegables desafía cualquier estómago y ni ir calzado te salva. Hacerlo descalzo sería ya mucho...

Hay que tener cuidado también con la costumbre que tienen de escupir indiscriminadamente sin mirar si tu pie está al lado... Afortunadamente aquí no está tan extendido como en el norte el hábito, ya penalizado, de mascar bétel. Sus cercos rojizos en el suelo no resultan muy agradables...

A estas alturas del viaje, con tanto templo, ya hemos ido entrenando nuestros pies. Los más cuidadosos se protegen con calcetines de las baldosas recalentadas y la suciedad (muchos de los templos tienen gran parte de sus superficie descubierta y a veces hay que dejar los zapatos bastante antes de la entrada y recorrer calles sin asfaltar), y luego se limpian cuidadosamente con toallitas húmedas -esa gran aportación de la tecnología al viajero-, antes de volver a calzarse. Otros ya vamos pasando...

Hay días en que este trajín de quita y pon zapatos es intenso, hasta cinco y seis veces, y llegamos a pasar buena parte de la jornada descalzos. La vida del turista es así de dura...

En uno de esos días especialmente ajetreado, a la salida del último templo visitado, Tino me comenta que al lado hay una pequeña escuelita en la que podría dejar los cuadernos, lápices y bolis que cargo durante el viaje. Así que voy para allá. En un espacio muy sencillo, escueto, los niños hacen sus deberes en el suelo, sobre esterillas. Una pizarrita y una mesa a la que está sentado el profesor de sánscrito componen el único mobiliario de la estancia. Me impresionan la amabilidad y humildad del maestro y la expectación contenida de los niños.

Nada más salir subimos al bus. Me espera un buen masaje ayurvédico en el hotel...
Ya hacia las afueras del pueblo me pongo a buscar en mi mochila. Tengo la sensación de que me falta algo...
Miro debajo de los asientos y noto algo raro al ver mis pies descalzos. “Y mis sandalias??!!”. No recuerdo habérmelas quitado en el bus...
Tras unos instantes de desconcierto caigo en la cuenta con estupefacción. “No puede ser!! No me lo puedo creer...!!” Me las quité para entrar en la escuela y luego ya no me las puse!
Paro el bus y bajo corriendo de un salto a la carretera. Cogemos un rickshaw y nos vamos para allá. Y ahí estaban... En todo el trayecto soy consciente de la “desnudez” de mis pies. No entiendo cómo se me ha podido pasar por alto antes. En qué estaba pensando??

Luego me comenta una compañera sevillana, con esa gracia que tienen contando las cosas que no se puede aguantar..., “Yo ya había visto que ibas descalza... Me llamó la atención que ibas hablando como si tal cosa sin mirar al suelo, y mira que había chinas gordas... Pero pensé: hay que ver con qué facilidad se integra la gente...”

En fin... ahí queda la anécdota. Luego viene la reflexión, el aprendizaje.
La India te enseña a relativizar... hasta esto. 
Si se puede ir por la vida sin zapatos, de cuántas cosas más se puede prescindir?









INDIA DEL SUR. 18- TEMPLOS HOYSALA. Filigrana en piedra.


Hace años, una amiga doctorada en Historia y Arte estuvo de luna de miel en Italia. Creo que fue en la Galería de los Uficci donde, mareada ante tanta belleza, en un momento de agobio, exclamó: “Dios mío... No sé nada del Veronés!”

Algo así me sucede cuando me enfrento a la historia, religiones, arte, tradiciones y costumbres de este país caleidoscópico, complejo e inabarcable. “Dios... No sé nada de India!!”

Así el viaje me va llevando de novedad en novedad, de sorpresa en sorpresa, de pregunta en pregunta.

Este es el caso...

La dinastía Hoysala floreció en Karnataka entre el S XI y el S XIV, llegando en sus luchas de poder hasta el sur de Kerala, a los dominios de los marajás de Travancore. Las incursiones de los ejércitos musulmanes del norte marcaron su decadencia y final.

Visitamos tres templos de esa época cercanos a Mysore, magníficos ejemplos del esplendor cultural y arquitectónico Hoysala: Belur, Halebid y Keshava (Somnathpur).

Para mí sólo el viaje hasta ellos con la posibilidad de disfrutar de paisajes y paisanajes ya merecía la pena y así fue. Múltiples estampas campestres han quedado grabadas en mi retina de esos trayectos entre arrozales.

Pero no sabía que lo que me iba a encontrar era tan impresionante... Un auténtico delirio lítico adorna el exterior de estos originales templos, expresando en sus frisos todas las facetas de lo divino y lo humano en escenas inspiradas en el Ramayana, Mahabharata y Bhagavad Gita, las grandes epopeyas indias.

El uso de piedras “jabón” como la clorita y esteatita facilitó a los artistas, más orfebres que escultores, trabajar los relieves como si de encaje se tratara e imprimir en las figuras un movimiento y una vida que hacen que casi se salgan de la piedra. El trabajo se prolongó durante décadas y permanece inacabado en algunas zonas, pero la conservación es tan buena como si hubieran sido cinceladas ayer mismo.

Sobre una plataforma con forma de estrella tenemos varios estratos representando distintos niveles de la existencia.
En el primero los elefantes, símbolo de estabilidad y fuerza, sostienen todo lo demás, el mundo. Sobre ellos los leones, símbolo del valor. Encima de éstos caballos con sus jinetes, muestra del dominio del hombre sobre la naturaleza, entre cenefas vegetales. Más arriba escenas que resumen las pulsiones básicas del ser humano: de la vida en la corte, de batallas, y, si se saben buscar, de sexo explícito.
Una hilera de pavos reales marca la transición entre lo divino y lo humano.
Por encima de todo esto, a un nivel en que ya hay que levantar la vista y, por si todo lo anterior no había resultado suficientemente mareante, el mundo divino representado en las múltiples formas del panteón hinduísta con todo el lujo y sofisticación de sus atributos, ropajes y adornos.

Dentro del templo, en un ambiente oscuro, opresivo y misterioso, entre gruesas columnas torneadas, todas diferentes, se encuentran las representaciones de la divinidad. 
 
Y en el sanctasanctórum, sólo en uso en el de Belur, el mismo Shiva hace girar con su rueda de creación y destrucción la ruleta de nuestra existencia ilusoria.


                                                                             Keshava 1

                                                                           Keshava 2

                                                                               Keshava 3

                                                                   Keshava 4. Posturas...
                                                                          Keshava 5

                                                                             Keshava 6

                                                                              Halebid 1

                                                                            Halebid 2  
                                                                                 
                                                    Halebid 3

Belur 1

                                                                           Belur 2

                                                                          Belur 3

                                                    Belur 4

viernes, 19 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 17- BAHUVALI. El Guerrero Pacífico


Nos dirigimos a ver otro de esos monumentos de nombre impronunciable. Esta vez no es un templo, aunque sí un lugar de culto, la estatua megalítica de un personaje venerado, también de enrevesado nombre: Gomateshwara o Bahuvali. Cada 12 años cientos de miles de personas acuden y, en silencio, le arrojan leche y lo embadurnan con ghee (mantequilla clarificada) y especias. Qué fuerte...!

Leo en la guía que se encuentra en la cima de una colina rocosa de 950 metros y que hay que subir unos 614 escalones para salvar los 150 metros de desnivel que separan la entrada de la estatua, nada menos que de 18 metros de altura, terminada en el 983 de nuestra era. Alucinante...

El monumento es un lugar de peregrinación para los jainistas, esa corriente derivada del hinduísmo, para algunos su versión más pura, para otros una no religión ya que no cree en un ser supremo, aunque sí en que cada ser vivo tiene alma. 
El jainismo defiende la no violencia, la acción, fe y sabiduría correctas y lleva sus ideología al extremo de taparse la boca con un paño para evitar tragar algún insecto y usar una escoba para evitar pisarlos a su paso. Así mismo, no cultivan la tierra pues consideran que en ese acto mueren muchos animales...
Sus adeptos suelen vestir de blanco y, en su versión más extrema, van desnudos, como muestra de absoluta renunciación a lo material.
Curiosamente, muchos de sus cuatro millones de practicantes han derivado su actividad hacia el comercio y la banca en la que son muy reputados y prósperos aunque, eso sí, austeros y vegetarianos.

Luego nuestra guía nos cuenta algo más de la singular historia... Bahuvali era un príncipe de casta guerrera que pasó mucho tiempo luchando contra su hermano por cuestiones sucesorias. Cuando, por fin, ganó fue consciente de la futilidad de la lucha y de las inquietudes mundanas, renunció a sus derechos y se retiró. Vaya...

Ya casi llegando veo un monte de piedras graníticas de caprichosas formas, como en equilibrio, entre las que crece la vegetación. La humedad ha creado un efecto desteñido sobre ellas. Esta "pedriza" me recuerda algunos paisajes orientales reproducidos en pinturas taoístas y zen. "Este lugar tiene algo", me digo... Nuestra visita está justo enfrente.

Dejamos los zapatos en una consigna y caminamos hacia la entrada al "monumento". 
En un enorme meño granítico hay unos escalones tallados en la roca que ascienden hasta donde llega la vista. Saludo simbólicamente y comienzo la subida. El tacto de la piedra en mis plantas es tibio y suave, diría que acogedor y estimulante. El tamaño y longitud de los escalones los hace fáciles de subir. 
Empiezo a sentirme muy bien, contenta y a la vez calmada, como distraida y a la vez capaz de percibir pequeños detalles en lo que me rodea. Es un estado de atención especial que no sabría describir.

Llego a una arcada bajo la que hay unos cinco perros tumbados, adormilados, y al pasar a su lado se ponen a ladrar como locos y a agitarse a mi alrededor. La reacción de los animales, insólita, más que sobresaltarme, me resulta divertida; no me saca de mi ensimismamiento.

Pasado un templo con magníficas vistas sobre el valle y el pueblo los escalones continúan. Enormes rocas están integradas en los muros de un recinto, o los muros están integrados en la naturaleza... Los escalones son más altos ahora pero, curiosamente, me noto menos cansada que al empezar. Los subo casi saltando y muy alegre. No sé de dónde sale esa alegría... 

Me sorprendo al ver sobresalir una enorme cabeza del perímetro de unos muros. No puedo creer que haya llegado ya!

Traspaso la puerta y lo que veo me sobrecoge. 

No es ya el imponente tamaño de la figura, ni sus extrañas proporciones (la estatua está hecha para ser mirada desde abajo, en contrapicado), ni su manufactura... Es lo que emana, lo que transmite ese trozo de piedra. Es su simbolismo. Alucinante!

Sus pies están sobre una flor de loto, bien enraizados, como hundidos en la Tierra, rodeados de hormigueros entre los que asoman serpientes sonrientes. A la vez su cabeza se proyecta hacia el cielo sugiriendo una vertiginosa verticalidad.
Unas plantas entre sus piernas suben enroscándose a sus muslos y brazos simbolizando su perfecta integración en la naturaleza. Me recuerda a los protagonistas de esa película, Avatar...
Su porte, fuerte pero relajado, transmite una potente determinación, un autodominio no rígido sino calmado...
La sensación de paz que irradian los rasgos de su cara, -los ojos semicerrados en mirada periférica, los labios esbozando una sonrisa...-, es desarmante y contagiosa. 
Y el efecto del conjunto resulta hipnótico...

El tiempo parece detenerse, el ritmo de los pensamientos se enlentece... Todo queda en suspenso ahí. Cuesta muchísimo marcharse de ese lugar tan especial.

Desgraciadamente, no hay fotografía o imagen que pueda reproducir ese ambiente, esas sensaciones, ese "estado místico"(¿?) que más de uno coincidimos en experimentar.

Algunos dirán que se trata de sugestión. Otros que se debe a las características geológicas de la zona, que el granito es una piedra radiactiva... Otros pensarán que me había tomado alguna cerveza antes de hora... 

Yo sólo puedo decir que el Guerrero Pacífico me traspasó con su espada invisible...



                                                                                






jueves, 18 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 16- MYSORE. La ciudad del sándalo y la seda

Seguimos camino hacia el norte, a Mysore. Estamos ya en el estado de Karnataka.

Las montañas y los bosques van quedando atrás y nos adentramos, de nuevo, en la India rural entre praderas salpicadas de campos de cultivo: bananeras, caña de azúcar, girasoles, arrozales, algodón... y algunas palmeras.

La carretera está bordeada por grandes árboles que ofrecen su generosa sombra y tranquilidad a grupos de hombres que descansan, charlan, esperan un transporte, sestean (no para de asombrarme la capacidad que tienen los hindús para dormir en cualquier lado, hasta en el canto de los bordillos...), a puestecillos de fruta... Algunos albergan en los huecos de sus raices algunas deidades, convertidos en auténticos templos vivientes.

Por la calzada los campesinos arrean yuntas de enormes cebús de cuernos pintados. El ambiente es tan animado como siempre y, además, festivo: Es 15 de agosto, el día en que todo el pueblo indio, sin excepción, celebra su Independencia. Al pasar por los pueblos se ven banderitas, niños vestidos con sus mejores galas escolares, estrados adornados... 

Así que vamos tan entretenidos que, casi sin darnos cuenta, llegamos a destino!

Mysore, cuenta la leyenda, es el lugar en que la justiciera diosa Chamundra (una encarnación de Durga) mató al demonio Mahisava liberando a su población.
En una colina vecina, el monte Chamundi, se erigió un templo en su honor muy venerado. Aprovechamos el día festivo para ver el ambientillo en sus alrededores y tener una panorámica de esta ciudad que me sorprende y asombra por su monumentalidad: Amplias calles, espaciosas avenidas arboladas, rotondas con templetes, grandes parques y señoriales edificios porticados en diferentes grados de abandono... Todo ello, de aire muy inglés, testimonio de un antiguo esplendor. 

No podía ser de otro modo pues Mysore fue la capital de la dinastía Wadiyar, que gobernó la zona desde 1399 hasta la independencia en 1947 (Salvo un breve periodo en que Haidar Alí, un general de su ejército, y su hijo Tipu Sahib usurparon el poder, con la colaboración de los franceses, a los que los ingleses ayudaron a derrocar en 1799), y residencia de sus Marajás, tan venerados por su pueblo por sus gestos de generosidad que, tras la independencia, el último fue elegido gobernador.

El palacio me deja estupefacta. Reconstruido tras un incendio que lo asoló, en 1912, sólo 15 años después de su destrucción, estaba terminado con un desembolso enorme para la época. En recargado estilo colonial indosarraceno (mezcla de hindú, mogol, neogótico...) es desmesurado en dimensiones y excesivo, obsceno, en el lujo que lo adorna y los objetos que contiene. Digo yo que, lo realmente generoso hubiera sido dedicar ese dinero a mejorar verdaderamente las condiciones de vida de su pueblo. En fin... Un monumento al ego, las ansias de poder, la desigualdad y la injusticia social. Otro más...

Un punto que no se debe dejar de visitar es el colorista y animadísimo mercado de Devaraja y sus alrededores. Éste fue el centro del comercio del sándalo (el 70% de la producción de toda India se da en este estado) y la seda para suntuosos saris.


Aunque su grandeza, como el resto de la ciudad, ha decaído, merece la pena dejarse llevar por la corriente humana en sus callejones, entre guirnaldas de flores que son tejidas con destreza, el olor del jazmín, el sándalo y el incienso, las pilas de kumbun ( polvo con el que se marca la tikka o bindi, ese adorno que se ponen en el entrecejo por motivos religiosos o por simple estética ) de intensos colores, y de nuez de bétel, sus fruterías...

Y, ya puestos, cruzar la calle (aquí esto se convierte en un deporte de riesgo, dada la anchura de las calles, el mayor número de coches y la práctica ausencia e inoperancia de los semáforos...), entrar en uno de los restaurantes locales, compartir mesa con ellos e investigar algunos platillos de su gastronomía ya sin miedo al picante y asumiendo el riesgo de algún efecto intestinal indeseado.

Ah! No olvidemos que no está bien visto usar la mano izquierda para comer pero que, en cambio, la emisión, incluso ruidosa, de gases arriba y abajo es muestra de una comida disfrutada y bien asentada...

Esto es India!