viernes, 19 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 17- BAHUVALI. El Guerrero Pacífico


Nos dirigimos a ver otro de esos monumentos de nombre impronunciable. Esta vez no es un templo, aunque sí un lugar de culto, la estatua megalítica de un personaje venerado, también de enrevesado nombre: Gomateshwara o Bahuvali. Cada 12 años cientos de miles de personas acuden y, en silencio, le arrojan leche y lo embadurnan con ghee (mantequilla clarificada) y especias. Qué fuerte...!

Leo en la guía que se encuentra en la cima de una colina rocosa de 950 metros y que hay que subir unos 614 escalones para salvar los 150 metros de desnivel que separan la entrada de la estatua, nada menos que de 18 metros de altura, terminada en el 983 de nuestra era. Alucinante...

El monumento es un lugar de peregrinación para los jainistas, esa corriente derivada del hinduísmo, para algunos su versión más pura, para otros una no religión ya que no cree en un ser supremo, aunque sí en que cada ser vivo tiene alma. 
El jainismo defiende la no violencia, la acción, fe y sabiduría correctas y lleva sus ideología al extremo de taparse la boca con un paño para evitar tragar algún insecto y usar una escoba para evitar pisarlos a su paso. Así mismo, no cultivan la tierra pues consideran que en ese acto mueren muchos animales...
Sus adeptos suelen vestir de blanco y, en su versión más extrema, van desnudos, como muestra de absoluta renunciación a lo material.
Curiosamente, muchos de sus cuatro millones de practicantes han derivado su actividad hacia el comercio y la banca en la que son muy reputados y prósperos aunque, eso sí, austeros y vegetarianos.

Luego nuestra guía nos cuenta algo más de la singular historia... Bahuvali era un príncipe de casta guerrera que pasó mucho tiempo luchando contra su hermano por cuestiones sucesorias. Cuando, por fin, ganó fue consciente de la futilidad de la lucha y de las inquietudes mundanas, renunció a sus derechos y se retiró. Vaya...

Ya casi llegando veo un monte de piedras graníticas de caprichosas formas, como en equilibrio, entre las que crece la vegetación. La humedad ha creado un efecto desteñido sobre ellas. Esta "pedriza" me recuerda algunos paisajes orientales reproducidos en pinturas taoístas y zen. "Este lugar tiene algo", me digo... Nuestra visita está justo enfrente.

Dejamos los zapatos en una consigna y caminamos hacia la entrada al "monumento". 
En un enorme meño granítico hay unos escalones tallados en la roca que ascienden hasta donde llega la vista. Saludo simbólicamente y comienzo la subida. El tacto de la piedra en mis plantas es tibio y suave, diría que acogedor y estimulante. El tamaño y longitud de los escalones los hace fáciles de subir. 
Empiezo a sentirme muy bien, contenta y a la vez calmada, como distraida y a la vez capaz de percibir pequeños detalles en lo que me rodea. Es un estado de atención especial que no sabría describir.

Llego a una arcada bajo la que hay unos cinco perros tumbados, adormilados, y al pasar a su lado se ponen a ladrar como locos y a agitarse a mi alrededor. La reacción de los animales, insólita, más que sobresaltarme, me resulta divertida; no me saca de mi ensimismamiento.

Pasado un templo con magníficas vistas sobre el valle y el pueblo los escalones continúan. Enormes rocas están integradas en los muros de un recinto, o los muros están integrados en la naturaleza... Los escalones son más altos ahora pero, curiosamente, me noto menos cansada que al empezar. Los subo casi saltando y muy alegre. No sé de dónde sale esa alegría... 

Me sorprendo al ver sobresalir una enorme cabeza del perímetro de unos muros. No puedo creer que haya llegado ya!

Traspaso la puerta y lo que veo me sobrecoge. 

No es ya el imponente tamaño de la figura, ni sus extrañas proporciones (la estatua está hecha para ser mirada desde abajo, en contrapicado), ni su manufactura... Es lo que emana, lo que transmite ese trozo de piedra. Es su simbolismo. Alucinante!

Sus pies están sobre una flor de loto, bien enraizados, como hundidos en la Tierra, rodeados de hormigueros entre los que asoman serpientes sonrientes. A la vez su cabeza se proyecta hacia el cielo sugiriendo una vertiginosa verticalidad.
Unas plantas entre sus piernas suben enroscándose a sus muslos y brazos simbolizando su perfecta integración en la naturaleza. Me recuerda a los protagonistas de esa película, Avatar...
Su porte, fuerte pero relajado, transmite una potente determinación, un autodominio no rígido sino calmado...
La sensación de paz que irradian los rasgos de su cara, -los ojos semicerrados en mirada periférica, los labios esbozando una sonrisa...-, es desarmante y contagiosa. 
Y el efecto del conjunto resulta hipnótico...

El tiempo parece detenerse, el ritmo de los pensamientos se enlentece... Todo queda en suspenso ahí. Cuesta muchísimo marcharse de ese lugar tan especial.

Desgraciadamente, no hay fotografía o imagen que pueda reproducir ese ambiente, esas sensaciones, ese "estado místico"(¿?) que más de uno coincidimos en experimentar.

Algunos dirán que se trata de sugestión. Otros que se debe a las características geológicas de la zona, que el granito es una piedra radiactiva... Otros pensarán que me había tomado alguna cerveza antes de hora... 

Yo sólo puedo decir que el Guerrero Pacífico me traspasó con su espada invisible...



                                                                                






jueves, 18 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 16- MYSORE. La ciudad del sándalo y la seda

Seguimos camino hacia el norte, a Mysore. Estamos ya en el estado de Karnataka.

Las montañas y los bosques van quedando atrás y nos adentramos, de nuevo, en la India rural entre praderas salpicadas de campos de cultivo: bananeras, caña de azúcar, girasoles, arrozales, algodón... y algunas palmeras.

La carretera está bordeada por grandes árboles que ofrecen su generosa sombra y tranquilidad a grupos de hombres que descansan, charlan, esperan un transporte, sestean (no para de asombrarme la capacidad que tienen los hindús para dormir en cualquier lado, hasta en el canto de los bordillos...), a puestecillos de fruta... Algunos albergan en los huecos de sus raices algunas deidades, convertidos en auténticos templos vivientes.

Por la calzada los campesinos arrean yuntas de enormes cebús de cuernos pintados. El ambiente es tan animado como siempre y, además, festivo: Es 15 de agosto, el día en que todo el pueblo indio, sin excepción, celebra su Independencia. Al pasar por los pueblos se ven banderitas, niños vestidos con sus mejores galas escolares, estrados adornados... 

Así que vamos tan entretenidos que, casi sin darnos cuenta, llegamos a destino!

Mysore, cuenta la leyenda, es el lugar en que la justiciera diosa Chamundra (una encarnación de Durga) mató al demonio Mahisava liberando a su población.
En una colina vecina, el monte Chamundi, se erigió un templo en su honor muy venerado. Aprovechamos el día festivo para ver el ambientillo en sus alrededores y tener una panorámica de esta ciudad que me sorprende y asombra por su monumentalidad: Amplias calles, espaciosas avenidas arboladas, rotondas con templetes, grandes parques y señoriales edificios porticados en diferentes grados de abandono... Todo ello, de aire muy inglés, testimonio de un antiguo esplendor. 

No podía ser de otro modo pues Mysore fue la capital de la dinastía Wadiyar, que gobernó la zona desde 1399 hasta la independencia en 1947 (Salvo un breve periodo en que Haidar Alí, un general de su ejército, y su hijo Tipu Sahib usurparon el poder, con la colaboración de los franceses, a los que los ingleses ayudaron a derrocar en 1799), y residencia de sus Marajás, tan venerados por su pueblo por sus gestos de generosidad que, tras la independencia, el último fue elegido gobernador.

El palacio me deja estupefacta. Reconstruido tras un incendio que lo asoló, en 1912, sólo 15 años después de su destrucción, estaba terminado con un desembolso enorme para la época. En recargado estilo colonial indosarraceno (mezcla de hindú, mogol, neogótico...) es desmesurado en dimensiones y excesivo, obsceno, en el lujo que lo adorna y los objetos que contiene. Digo yo que, lo realmente generoso hubiera sido dedicar ese dinero a mejorar verdaderamente las condiciones de vida de su pueblo. En fin... Un monumento al ego, las ansias de poder, la desigualdad y la injusticia social. Otro más...

Un punto que no se debe dejar de visitar es el colorista y animadísimo mercado de Devaraja y sus alrededores. Éste fue el centro del comercio del sándalo (el 70% de la producción de toda India se da en este estado) y la seda para suntuosos saris.


Aunque su grandeza, como el resto de la ciudad, ha decaído, merece la pena dejarse llevar por la corriente humana en sus callejones, entre guirnaldas de flores que son tejidas con destreza, el olor del jazmín, el sándalo y el incienso, las pilas de kumbun ( polvo con el que se marca la tikka o bindi, ese adorno que se ponen en el entrecejo por motivos religiosos o por simple estética ) de intensos colores, y de nuez de bétel, sus fruterías...

Y, ya puestos, cruzar la calle (aquí esto se convierte en un deporte de riesgo, dada la anchura de las calles, el mayor número de coches y la práctica ausencia e inoperancia de los semáforos...), entrar en uno de los restaurantes locales, compartir mesa con ellos e investigar algunos platillos de su gastronomía ya sin miedo al picante y asumiendo el riesgo de algún efecto intestinal indeseado.

Ah! No olvidemos que no está bien visto usar la mano izquierda para comer pero que, en cambio, la emisión, incluso ruidosa, de gases arriba y abajo es muestra de una comida disfrutada y bien asentada...

Esto es India!













                                                     
                                               





martes, 16 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 15- MUDUMALAI. El corazón de los Nilgiri

La Reserva de la Biosfera de Nilgiri, en las estribaciones de los Gathes occidentales, se extiende en una superficie de 5.500 km cuadrados en la encrucijada formada por los estados de Karnataka, Kerala y Tamil Nadu. Parte de ella está organizada en forma de Parques Nacionales: Wayanad en Kerala, Bandipur en Karnataka, y Mudumalai en Tamil Nadu. Aunque estas áreas de conservación tienen un planteamiento ligeramente distinto del nuestro, como luego veremos...

Nuestro destino es el Parque Nacional de Mudumalai, de unos 321 km cuadrados. Según dicen el mejor conservado de los tres y en el que es más fácil contemplar fauna. Regresamos, pues, a Tamil Nadu por dos días.

La etapa desde Kochi es larga pero entretenida, con ese escaparate a la vida cotidiana del hindú que son sus carreteras.
Puedo observar que las casas en ese tramo del norte de Kerala son de buena construcción y las infraestructuras y servicios también parecen mejores que la media. Las sonrisas siguen siendo de primera calidad.
El paisaje también va cambiando. La carretera va ascendiendo, primero de forma suave, para hacerse progresivamente más empinada y serpenteante. Las palmeras van siendo sustituidas por plataneras, árboles de hoja semiperenne y algunas plantaciones de caucho. La humedad va aumentando y la temperatura desciende. Hasta que aparecen grandes matas de bambú, plantaciones de té y, arriba del todo, de café. Por unos momentos siento que me hubiera transportado a Colombia, al Eje cafetero! Pero, no, los verdes no son tan matizados. Estamos muy lejos...

Enseguida vemos la entrada del parque. No puedo creerlo, aunque nuestra guía ya nos avisó: El parque es atravesado por la carretera que comunica con Mysore durante unos 15 kilómetros. De hecho, es la única vía habilitada para el tránsito rodado y no se permite el acceso a pie por pistas debido a la peligrosidad que entraña (ha habido algún caso de turistas muertos por ataques de elefantes).
El tráfico por la carretera es intenso y no precisamente silencioso... sobre todo el domingo. A ambos lados de ésta hay carteles que prohiben tirar basura, dar de comer a los animales, hacer ruido, salir de los coches y... hacer fotos!! Ni que decir tiene que todas esas prohibiciones son incumplidas continuamente. Pudimos ver familias enteras fotografiándosen bien cerca de los elefantes.
Otra peculiaridad es que en el área del parque hay asentamientos humanos. No me refiero a etnias montañesas -Los pueblos indígenas (badagas, kotas, kurumbas, irulus), dedicados durante mucho tiempo a la recolección de miel y plantas medicinales ayurvédicas, y a un agricultura de subsistencia, han sido absorbidos- sino a pueblos convencionales que han llegado a domesticar algunos elefantes. Aprovechamos pues también para visitar a estos otros habitantes del parque en Masinagudi y Bokkapuram. Y, como no, para ver dos templitos, Murugan y Golpaswam Belta, no tanto por éstos como por su enclave privilegiado. En el segundo había un gentío enorme y llegar a él se convirtió en una romería. De nuevo el domingo...
En fin, esto es India... y éste es un viaje más de paisajes humanos que naturales.

Aún así en el tiempo de estancia pudimos ver a placer elefantes (hay unos 600 en el parque), bueyes de agua, gaúres (bisonte indio), chitales (ciervos moteados), jabalíes y macacos en las márgenes boscosas al lado de la carretera. Y muchas aves desde el resort en el que nos alojamos, un perfecto mirador a las montañas. Eso sí, nada de tigres...

Tras esta experiencia que, con todo, ha sido un soplo de aire fresco y un respiro en el ajetreo del viaje salimos por la misma carretera, que atraviesa también el parque de Bandipur, ya en Karnataka, hacia Mysore...


                                                                              Por el camino 1

                                                 Por el camino 2

                                                                           El té



                                                                                Gaur

                                                                                Chitales




lunes, 15 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 14- KOCHI. El Crisol


Kochi (Cochín) está recubierta por una costra musgosa, húmeda. Es la pátina con la que ha impregnado esta ciudad el tiempo, la historia y el monzón.

Y doy fe de que es así. El tiempo en sus calles retrocede, en cada esquina se respira toda su historia con el aroma de las especias, y el monzón se nos mostró con toda su intensidad...

Vasco de Gama apuntó algo mejor que otros el astrolabio en su búsqueda de una vía a las especias y arribó a estas costas en 1498.
Por aquel entonces Kochi ya tenía una larga historia detrás: fenicios, romanos, cristianos sirios, árabes y chinos pasaron por aquí en su camino hacia las Molucas, en Indonesia, haciendo acopio de los preciados condimentos, de marfil y esencias, y dejando a su paso un poso de religiones, costumbres e inventos, como las redes chinas, arte de pesca legado por los mercaderes de la corte de Kublai Khan allá por el S. XV y aún en uso en las orillas de Fort Cochin y la isla de Vypeen. Ver cómo los pescadores manejan los contrapesos que sumergen la red es un espectáculo... como presenciar una danza.

Al intrépido portugués y sus compatriotas le seguirían holandeses y británicos, configurando un crisol de culturas y religiones difícil de encontrar en otro lugar. Mezquitas, sinagogas, iglesias y templos hindús conviven en armonía en la actualidad de sus barrios.

Esta ciudad de la costa tropical de Malabar está formada por una zona peninsular y un conjunto de islas. Nosotros nos alojamos en una de ellas: Fort Cochin, justo al lado de la casa en la que vivío Vasco de Gama y de la iglesia de San Francisco, la más antigua en india de construcción europea, nada menos que de 1503. En ella estuvo enterrado el portugués durante catorce años, hasta el traslado de su cuerpo a Lisboa en 1538. Aún se conserva su cenotafio, que visitamos.

Si China es el lugar donde puedes hacer dinero, Cochin es el lugar donde puedes gastarlo”, decía un comerciante de la época. 
Y podemos imaginarlo de camino al barrio judío de Mattancherry cuando pasamos por los almacenes anejos a los muelles. Allí todavía se amontonan los sacos de arpillera (de esos que ya no se usan en nuestro pais desde hace cincuenta años) conteniendo las preciadas especias: cardamomo, clavo, nuez moscada, cúrcuma, pimienta, comino, jengibre, cayena... y diferentes tipos de arroz, nunca había visto tantos.

Visitamos el palacio de Mattancherry, un regalo de los portugueses al rajá de turno en 1555, posiblemente más para asegurar sus privilegios mercantiles que por generosidad y reconstruido luego por los holandeses. Pero, sin duda, lo más singular el la sinagoga de Pardesi con sus baldosas de porcelana china de Cantón. Se hace increíble estar pisando algo tan delicado como bien conservado después de casi medio siglo.

Todo fue explorado, pateado, exhaustivamente: El barrio musulmán con su intrincada red de callejuelas; la isla de Vypeen con sus redes, sus escuelas y el acogedor pueblecito; Ernakulam, en el lado peninsular, esa sí, una ciudad típicamente india...
Los cruces entre islas, en transbordador y ferry. En este último apuré hasta la última parada y llegué a ser la única persona occidental en el animado barco. Que sensación más rara...

Y, para terminar, un repaso a las tradiciones autóctonas: Una exhibición de kalarippayat, arte marcial del S.XII, y otra de Kathakali, un teatro-danza no hablado antiquísimo en su origen en el que la historia se cuenta con la expresividad de la cara y los mudras realizados con las manos. El vestuario y, sobre todo, el maquillaje resultan impactantes. Y contemplar la sesión de maquillaje que los actores realizan cara al público con unas ragas de fondo (esa música hindú repetitiva que ayuda a inducir un trance meditativo pero que puede resultar insufrible a los no “iniciados”...), algo hipnótico.






  





                                                                           

INDIA DEL SUR. 13- BACKWATERS. Las arterias de Kerala


Los Backwaters, una intrincada red de canales y lagunas, unos 2.000 km., que separan el mar de tierra firme, ocupan un área de 900 km. cuadrados desde Alleppey (Alappuzha) hasta más al norte de Cochin, y son las arterias de Kerala, sus autopistas fluviales. Los sedimentos acumulados en la desembocadura de los ríos fueron generando una costa paralela. Los hombres, construyendo diques, hicieron el resto.


Recorrerlos en un Kettuvalam, una barcaza arrocera, entre palmeras y campos de arroz de un verde brillante, casi iridiscente, es una auténtica delicia.


Las aldeas se extienden sin solución de continuidad ni límites fijos por las orillas de sus canales. 

Ahí podemos ver, de nuevo, escenas de la vida cotidiana: el baño matutino, mujeres lavando los platos, hombres haciendo la colada con esa costumbre consistente en golpear la ropa contra una piedra, campesinos regresando de los arrozales, gente cruzando de una a otra orilla en pequeñas barcas, niños acudiendo al colegio... Y, a la vez, avistar águilas pescadoras, cormoranes, aningas, garzas, martinetes, martín pescador...(Éste está en casi todos los cables y nos lleva acompañando todo el camino. Será por eso que le han puesto su nombre a la cerveza local?).

También podemos bajar a visitar alguno de esos pueblos, apenas dos hileras de casas a cada lado del canal, como hicimos en Champakkulam, asistir a una misa ortodoxa o hacer alguna compra en su mercado-cooperativa.
Y acercarnos a una tienda de licores a comprar las cervezas para la cena (increíble lo deliciosa que era la comida que nos sirvieron a bordo), en un lugar en medio de la nada en el que tuvimos que hacer cola junto con los locales, como si se tratara de un banco, encajonados entre unas barreras metálicas mientras el tendero despachaba a través del ventanuco practicado en la reja que cubría el frente de la tienda y los parroquianos escondían las botellas entre los pliegues de sus dhoti. Como si se tratase de un acto clandestino... Que bárbaro!

O, sin más, podemos dejar que el ronroneo del motor y el sonido del agua nos vayan meciendo y adormeciendo mientras la brisa y el sol nos acarician la cara, sin nada más que hacer que dejar pasar el tiempo y disfrutar de unos momentos irrepetibles...

                                           
                                                     Backwaters
                                                                                                        Kettuvalam



                                               Esperando el "autobús"

                                                   Aseo matutino                                         


                                                          




                                                       
                                                       

                                             


INDIA DEL SUR. 12- ESTAMPAS DE KERALA. Playas y palacios

De los primeros días en Kerala estas imágenes son las que se han grabado con más fuerza en mi retina.

Playas...

Cerca de la turística Kovalam y sus playas, Vizhingam Harbour es algo más que un pueblo de pescadores. Se trata de un gran puerto pesquero que abastece a buena parte del sur de Kerala.

Al llegar llaman la atención las dos grandes mezquitas que dominan la playa, y la iglesia al fondo -Una extravagante estructura con forma de pagoda con una enorme virgen en una barca sobre su tejado (la del Carmen, tal vez. La equivalente de Kanyakumari? No sé, yo ya me pierdo...)-, que contrastan fuertemente con la sencillez y precariedad en que viven sus gentes.

La primera impresión del puerto sobrecoge: cientos de coloridas barcas abarrotan la bahía y una multitud en ebullición ocupa toda la playa.

Desde que amanece, y mientras hay luz, el lugar es un trasiego incesante de pequeñas barcas de pesca que entran en la playa con las capturas medio clasificadas en cuévanos (sobre todo grandes calamares) y los descargan rápidamente en enormes baldes de zinc para regresar inmediatamente al mar. Los baldes son porteados sobre su cabeza por hombres fibrosos de gesto entre sufrido y concentrado (deben de pesar muchísimo, pues se van hundiendo literalmente en la arena por el peso de la carga). Más adelante son clasificados en cajas que se rellenan con hielo y se transportan en motocarros hasta los alrededores de la carretera, desde donde salen en camiones a su destino.
La tarea ha de realizarse con rapidez, pues el calor, los cuervos, las moscas y la ausencia de frigoríficos apremian.

Otros lotes son subastados sobre la marcha, sobre la arena. Un poco más arriba algunas mujeres venden en puestecillos improvisados en el suelo los peces más pequeños, no aprovechables, para el consumo local. Grupos de hombres juegan a las cartas en un descanso de la faena y mascan bétel, que se vende en algún quiosco. Otros reparan los motores fueraborda...

Todo esto compone un cuadro singular e impactante, digno de ver.

Palacios...

Los palacios de los marajás de Travancore, que extendieron su dominio desde el 1500 en una zona que abarca parte de Tamil Nadu y Kerala, tienen nombres impronunciables y un denominador común: su grandiosidad y suntuosidad.

De ellos, el de Padmanabhapuram es el más antiguo e impactante. De hecho es el mayor complejo palaciego de toda Asia. Lástima que sólo pudimos echar un vistazo al exterior...

El de Utha Maliga, o de los caballos, con sus 200 años de antiguedad, fue la excusa para concertar un tuc-tuc y cubrir los 16 km. hasta la capital, Thiruvananthapuram (Trivandrum).
La experiencia (cuatro ocupantes más el conductor en el pequeño vehículo) fue muy divertida, y la visita mereció la pena, no sólo por el palacio: magníficos techos, columnas, balcones y galerías en ébano macizo talladas con bellas imágenes de caballos (de ahí su sobrenombre), estanques interiores que acumulaban el agua de lluvia en los que se bañaban las mujeres, lámparas belgas, espejos de murano, armas tradicionales, un impresionante trono de marfil hecho con los colmillos de 25 elefantes y otro de cristal, palanquines, grandes esculturas de madera representando figuras del kathakali... Además el templo de Sri Padmanabhaswamy es grandioso y las callecitas anejas con sus casas de tejados a dos aguas de tejas rojas, que recuerdan vagamente a las de Hoi An en Vietnam, son un remanso de encanto muy especial.

El de Krishnapuram es una “pequeña” residencia de verano, pero alberga unos preciosos frescos, algunas piezas de los yacimientos arqueológicos de Harappa y Mohenho Daro y una colección de monedas en las que me llamaron la atención unas del tamaño de una lenteja. Nunca las había visto tan pequeñas...

Los tres palacios son similares en aspecto y planteamiento. Y te hacen imaginar lo que debía ser vivir como un marajá.

Todo esto, como quien dice, a un paso del pueblo de pescadores. Qué contrastes! Qué vidas tan diferentes, tan desiguales...

                                                                               
                                                                       Faro beach

                                                                Sin comentarios...

                                                                     Vizhingam Harbour







                                         Palacio de Padnamabhapuram

                                                          Templo de Padmanabhaswamy