lunes, 15 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 12- ESTAMPAS DE KERALA. Playas y palacios

De los primeros días en Kerala estas imágenes son las que se han grabado con más fuerza en mi retina.

Playas...

Cerca de la turística Kovalam y sus playas, Vizhingam Harbour es algo más que un pueblo de pescadores. Se trata de un gran puerto pesquero que abastece a buena parte del sur de Kerala.

Al llegar llaman la atención las dos grandes mezquitas que dominan la playa, y la iglesia al fondo -Una extravagante estructura con forma de pagoda con una enorme virgen en una barca sobre su tejado (la del Carmen, tal vez. La equivalente de Kanyakumari? No sé, yo ya me pierdo...)-, que contrastan fuertemente con la sencillez y precariedad en que viven sus gentes.

La primera impresión del puerto sobrecoge: cientos de coloridas barcas abarrotan la bahía y una multitud en ebullición ocupa toda la playa.

Desde que amanece, y mientras hay luz, el lugar es un trasiego incesante de pequeñas barcas de pesca que entran en la playa con las capturas medio clasificadas en cuévanos (sobre todo grandes calamares) y los descargan rápidamente en enormes baldes de zinc para regresar inmediatamente al mar. Los baldes son porteados sobre su cabeza por hombres fibrosos de gesto entre sufrido y concentrado (deben de pesar muchísimo, pues se van hundiendo literalmente en la arena por el peso de la carga). Más adelante son clasificados en cajas que se rellenan con hielo y se transportan en motocarros hasta los alrededores de la carretera, desde donde salen en camiones a su destino.
La tarea ha de realizarse con rapidez, pues el calor, los cuervos, las moscas y la ausencia de frigoríficos apremian.

Otros lotes son subastados sobre la marcha, sobre la arena. Un poco más arriba algunas mujeres venden en puestecillos improvisados en el suelo los peces más pequeños, no aprovechables, para el consumo local. Grupos de hombres juegan a las cartas en un descanso de la faena y mascan bétel, que se vende en algún quiosco. Otros reparan los motores fueraborda...

Todo esto compone un cuadro singular e impactante, digno de ver.

Palacios...

Los palacios de los marajás de Travancore, que extendieron su dominio desde el 1500 en una zona que abarca parte de Tamil Nadu y Kerala, tienen nombres impronunciables y un denominador común: su grandiosidad y suntuosidad.

De ellos, el de Padmanabhapuram es el más antiguo e impactante. De hecho es el mayor complejo palaciego de toda Asia. Lástima que sólo pudimos echar un vistazo al exterior...

El de Utha Maliga, o de los caballos, con sus 200 años de antiguedad, fue la excusa para concertar un tuc-tuc y cubrir los 16 km. hasta la capital, Thiruvananthapuram (Trivandrum).
La experiencia (cuatro ocupantes más el conductor en el pequeño vehículo) fue muy divertida, y la visita mereció la pena, no sólo por el palacio: magníficos techos, columnas, balcones y galerías en ébano macizo talladas con bellas imágenes de caballos (de ahí su sobrenombre), estanques interiores que acumulaban el agua de lluvia en los que se bañaban las mujeres, lámparas belgas, espejos de murano, armas tradicionales, un impresionante trono de marfil hecho con los colmillos de 25 elefantes y otro de cristal, palanquines, grandes esculturas de madera representando figuras del kathakali... Además el templo de Sri Padmanabhaswamy es grandioso y las callecitas anejas con sus casas de tejados a dos aguas de tejas rojas, que recuerdan vagamente a las de Hoi An en Vietnam, son un remanso de encanto muy especial.

El de Krishnapuram es una “pequeña” residencia de verano, pero alberga unos preciosos frescos, algunas piezas de los yacimientos arqueológicos de Harappa y Mohenho Daro y una colección de monedas en las que me llamaron la atención unas del tamaño de una lenteja. Nunca las había visto tan pequeñas...

Los tres palacios son similares en aspecto y planteamiento. Y te hacen imaginar lo que debía ser vivir como un marajá.

Todo esto, como quien dice, a un paso del pueblo de pescadores. Qué contrastes! Qué vidas tan diferentes, tan desiguales...

                                                                               
                                                                       Faro beach

                                                                Sin comentarios...

                                                                     Vizhingam Harbour







                                         Palacio de Padnamabhapuram

                                                          Templo de Padmanabhaswamy

                                                        
                                                        
                                                                 

viernes, 12 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 11- EL PAÍS DE LAS SONRISAS

 
En India viven 1200 millones de habitantes repartidos en 28 Estados -cada uno con su primer ministro, su gobierno... y grandes diferencias entre ellos, por lo que he podido comprobar-, en una superficie equivalente a siete veces el tamaño del Estado español.

De ellos, aproximadamente, el 81.3% son hinduístas, un 12% musulmanes, el 2.3% cristianos, un 1.9% sijs (un sincretismo entre hinduísmo y budismo), el 1.2% budistas y jainístas (esos que llevan su respeto por los animales hasta el punto de ponerse una mascarilla para evitar tragarse algún mosquito), y un 0.8% parsis (zoroastristas).

En cuanto a las lenguas, hay 18 idiomas oficiales: Hindi (el idioma oficial de Delhi), bengalí, tamil, urdu... y unos 1660 dialectos reconocidos. Una auténtica Babel.

El idioma oficial, el que se utiliza en las relaciones con el exterior, y en las relaciones institucionales entre estados, es el inglés. De hecho, por ejemplo, los tamiles se resisten a usar el hindi y prefieren dirigirse al resto de sus compatriotas en inglés, sea cual sea el contexto...

A pesar de que el uso del inglés es generalizado no siempre es fácil entenderlos, sobre todo para alguien con un inglés básico como yo (A la vuelta de las vacaciones siempre me digo: “Este año me pongo en serio...”), pues hablan muy rápido y con acento marcado. Imagino que debe resultarle algo parecido a un inglés que esté empezando a aprender español cuando habla con un andaluz (Con todo mi respeto a los andaluces, pero es que, a veces, a los castellanos del “centro” también nos cuesta entenderlos...).

Pero hay otro lenguaje no verbal, más universal, de cuya importancia tomas plena conciencia en estos casos: El de las miradas intensas y las sonrisas extensas. Y es que vale más una imagen que mil palabras...

Esto se hace patente en muchos países, pero en éste especialmente. La India es un país de sonrisas.

Te sonríen todos los ocupantes de sus abarrotados buses, los niños camino del colegio, las mujeres que te cruzas en los mercados, los jóvenes a los que consultas una dirección (que, muchas veces, te acompañan hasta asegurarse de que estás en el buen camino), los hombres desde sus negocios... Sin excepción, y sin  importar su condición. Es más, diría que sonríen más los más humildes, los que menos tienen... 
Son todas ellas sonrisas luminosas, da igual la perfección de su dentadura y su blancura (de hecho, todas resultan muy blancas en contraste con su piel).
A veces las acompañan con un gesto de la mano a modo de saludo, o con ese encantador mohín que hacen oscilando la cabeza y que es su forma de asentir (justo al revés que nosostros...).

Luego están las miradas. Las hay curiosas, tímidas, inquisitivas, seductoras, amistosas, hospitalarias, divertidas...

Y las consabidas preguntas sobre la marcha: "Where are you from?", "What´s your name?", con las que, sobre todo los niños, intentan satisfacer su curiosidad.

Nunca había mirado tanto y tan intensamente a los ojos ni había sonreído tanto como aquí, en este viaje, consciente de que cada persona con la que te cruzas te cuenta en unos instantes una historia, a veces toda una vida, con una mirada, y te abraza con una sonrisa.

Creo que la India me está enseñando a sonreir más y, sobre todo, a sonreir mejor, desde otro lado... desde el corazón. 




INDIA DEL SUR. 10- KERALA. El estado de la hoz y el martillo.

A medida que nos adentramos en Kerala se van haciendo manifiestas las diferencias con Tamil Nadu. Y no sólo porque el color de sus tuc-tuc pase de ser amarillo a amarillo-negro...

El paisaje se vuelve más selvático, con una vegetación más exuberante en la que las palmeras, introducidas desde Ceilán, adquieren protagonismo absoluto. De ahí su nombre: Kera alam, el lugar de los cocos...

Otros detalles van mostrándose sutilmente:

La piel de sus habitantes es algo más clara, sus ciudades algo más limpias y menos caóticas (o será que ya nos vamos acostumbrando?), el idioma, el malayalam, más suave y musical... y la comida, en la que el coco también es protagonista, aunque especiada, menos picante.

Los templos hinduístas, la religión predominante en Tamil Nadu, van cediendo el protagonismo a iglesias y mezquitas, coexistiendo todas en armonía. Los católicos (incluyo también protestantes y cristianos ortodoxos) son especialmente devotos en el centro del estado y muestran gran veneración por la imagen del corazón de Jesús. Resulta muy curioso observar alguna de esas fervientes ceremonias y escuchar los cantos de las mujeres.

Pero, con todo, lo que más llama la atención en cuanto se entra en Kerala es la presencia del símbolo de la hoz y el martillo. Es algo omnipresente en carteles, pintadas, monumentos en las esquinas de las calles... asociado a sus líderes políticos y a imágenes icónicas como la del Che Guevara.
Resulta sorprendente, y emocionante, cuando en el resto del mundo, hasta en los países que enarbolaron esa bandera, es una imagen y una ideología denostada y en desuso.

Y es que, este estado de treinta millones de habitantes y una superficie similar a la de Bélgica, fue el primero del mundo en tener, allá por 1957, un gobierno comunista electo!

La combinación de ideas socialistas y democráticas ha hecho que Kerala sea el estado socialmente más avanzado de India, el de mayor índice de alfabetización (cercano al 95%), con el mejor reparto de la riqueza (“solo” un 17% viven bajo el umbral de la pobreza, frente al 37% del resto del país) y el mejor sistema sanitario, lo que hace que la esperanza de vida, 73 años, sea diez años superior al resto del país. La mujer también goza de mayor consideración (Entre otras cosas el aborto selectivo, practicado para evitar el problema de endeudamiento que supone la dote de las hijas, está muy perseguido)... Pero, sobre todo, es algo que ha calado en la mentalidad de sus habitantes más allá de los gobernantes electos de turno. 

En fin, no sigo porque me entusiasmo...




jueves, 11 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 9- KANYAKUMARI. El abrazo de los tres mares


Habíamos salido de Madurai por la Highway, una autopista de peaje peculiar, pues los coches paran en sus arcenes y es atravesada por otras carreteras y cruzada por personas y animales. Eso sí, tiene mediana, lo cual te protege de los choques frontales... y su mejor pavimentación me permite tomar notas con letra medio legible.

El cambio en el paisaje, totalmente llano durante días, se había anunciado al llegar a Madurai con unas curiosas formaciones graníticas. Ahora se acentúa. Aparecen en el horizonte las primeras estribaciones de los Ghats Occidentales, la cordillera de los Nilguiri, las Montañas Azules, que cruzan de Norte a Sur.

Enormes campos eólicos bordean la carretera hasta donde alcanza la vista. Hay algo que me resulta chocante... están en la llanura, entre los sembrados y las casas de los pueblos.

Poco a poco se va “respirando” el mar. Nos acercamos a Kanyakumari, el cabo Comorín.

La bella diosa Kumari había prometido que sólo se casaría con Shiva. Cuando acudía a su cita con el dios, en el lugar donde los tres mares se juntan, para cumplir su promesa, le salieron al paso unos feroces demonios. Luchó valientemente con todos ellos... y consiguió vencerlos librando así al mundo de su amenaza. Pero, cuando llegó al lugar del encuentro, Shiva ya se había marchado... con otra diosa a la que había desposado.
Fiel a su promesa, la diosa permaneció virgen y se quedó en aquel lugar protegiendo la costa, velando por pescadores y marineros. En ese lugar acabó erigiéndose un templo en su honor, hecho recogido en las crónicas allá por el S. I, y la localidad tomó su nombre: Kanya (virgen) Kumari. 
 
El templo hoy en día es muy visitado y la diosa muy venerada. Los hombres han de entrar en él con el torso desnudo, como señal de respeto, y las mujeres acuden a pedir por su fertilidad y para encontrar un buen novio y marido dando una vuelta alrededor del santuario, un lugar húmedo y en penumbra que sugiere un gran útero.

Este enclave es un lugar muy simbólico no sólo por la historia de la diosa solitaria y por ser el punto más meridional de este gran país, allí donde se encuentran el Mar de Arabia, las aguas del golfo de Bengala y el Océano Índico. Una especie de fin del mundo...

También lo es por las personalidades que lo visitaron y en cuya memoria se erigen algunos monumentos.
Aquí están, en su memorial, parte de las cenizas de Gandhi; el santuario de Swami Vivekananda, que tras dejar sus riquezas y hacerse renunciante errante expandió las ideas del hinduismo y la justicia social más allá de India; el monumento en honor al gran poeta tamil Thiruvalluvar, la “estatua de la libertad” india... y un ramplón monumento conmemorativo a las víctimas del tsunami que asoló en 2004 estas costas.

Aprovechamos para visitar el colorido pueblo de pescadores. Son, casi en su totalidad, cristianos. Hay múltiples referencias a ello no sólo en sus iglesias y capillas, sino también en la puerta de las casas. La gente, amabilísima, nos saluda y enseña a sus niños...

Antes de marcharnos, me rezago para hacer un pequeño gesto ritual en solitario: descalzarme, bajar los escalones que entran en las aguas y dejar que éstas acaricien mis pies justo allí donde los tres mares se abrazan y se hacen uno. 

                                                                 El memorial de los tres Mares

                                              Monumento a Vivekananda y Thiruvalluvar

                                                                       Memorial a Gandhi

                                                                       El joven Gandhi













   





 

martes, 9 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 8- EL PUNTO DE RUPTURA.


En los viajes de estas características habitualmente hay un momento en el que el golpe se manifiesta. Esto suele ocurrir al principio, cuando aún no has hecho “callo”, o, por saturación, hacia el final del viaje. 
O no. A veces sucede cuando menos lo esperas, mostrándote la vulnerabilidad de tus mecanismos de defensa. También a veces se insinúa un poco antes, como un presagio. Hay que estar atento a esto... 

Después de ese punto de ruptura, la mirada, y con ello el viaje, cambian (Recuerdas, Pablo, el niñito atado al árbol de tu viaje?).

En mi caso el punto de ruptura fue en Madurai. Hubo un pequeño atisbo de camino, creo. Fue un zapatero. Uno de tantos, de esos que trabajan en el suelo, en la acera. Tenía ahí expuestas unas pocas chanclas que arreglaba y lustraba. Cualquiera de nosotros ha tirado a la basura zapatos en mejor estado... Había algo en su gesto que no sabría definir, como un enorme cansancio. Se notaba que aquello era lo único que tenía, que ya es mucho en estos casos... Me dí cuenta de mi intento para que esa imagen no se grabara en mi disco duro, para pasar a otra cosa.

Esa tarde salíamos del templo. Ya llevaba unos días dándole vueltas a una idea, pensando con enfado que si todo el esfuerzo y dinero empleado en erigir templos a hipotéticos dioses y en mantenerlos a ellos, -los templos-, y a los que los representan, en toooodo tiempo y lugar, se hubiera dedicado, se dedicara, a mejorar las condiciones sociales (educación, sanidad, vivienda, trabajo digno...) de las poblaciones, este mundo podría ser, sería, muuuy distinto. Llamadme idealista...

Enfrente de la puerta Este hay un mercado con sastrerías (algunas apenas un hombre tras una máquina de coser de pedal) de esas que te elaboran un traje en dos horas, y lo más parecido a nuestras mercerías. El enclave es extraordinario: los restos de un anejo al templo, con columnas, esculturas y bajorrelieves esculpidos en granito están lamentablemente cubiertos por el polvo, la mugre y la desidia de lustros. 
 
Salíamos de allí y lo vi: Un muchacho minúsculo, no sé si por carencia o herencia, estaba sentado en un mugriento escalón. Cosía los ojales de una camisa de un blanco inmaculado, impecable. Sus ojos eran como dos canicas, limpios y vivos, sus gestos con la aguja rápidos y precisos. Con él estaba una mujercilla escuálida y desgreñada de sari harapiento y un niño de, tal vez, tres años que jugaba con un paraguas raído, remendado y comido por el sol. No sé qué grado de parentesco tendrían. La sordidez del conjunto contrastaba intensamente con la blancura luminosa de esa camisa que ninguno de los tres podría nunca ni soñar llevar... 
Ver y comprender aquello me conmovió profundamente. Sentí una gran compasión por aquel muchacho, bueno, por los tres. No hablo de lástima, era otra cosa... No es que me pusiera en su piel. Es que, por unos instantes, me sentí en su piel.
 
Entonces ocurrió. Noté cómo aparecían en mi interior una mezcla de indignación, desesperanza, enfado y profunda tristeza. Y una tremenda desolación, un asco vital enorme... me subió por la garganta y brotó por los ojos. Tuve que hacer grandes esfuerzos para contenerme, para no gritar.

Y todo por el contraste de una tela blanquísima con una vida sin luz, sin color ni esperanza... Qué cosa.

Muchas veces el viaje no te trae respuestas, sino más preguntas. Estos puntos de ruptura son buenos detonantes.

No hay foto de esto, pero la imagen está impresa, indeleble, en mi memoria. No quiero olvidarla. Sé que aunque quisiera no podría...

INDIA DEL SUR. 7- MADURAI. La ciudad del néctar

Acaso no siente la brisa del sur que llega de la ciudad...?
Esa brisa viene cargada de aromas de azafrán, cebolletas, pasta de sándalo y almizcle...
Trae el olor de la buena comida, ya que atravesó el humo de los bazares, donde se fríen las crepes en puestos infinitos...
Está espesada con el humo de los sacrificios...
La acaudalada ciudad no queda muy lejos y no hay que tener miedo.
Aunque viaje solo, no encontrará ningún peligro en el camino.

Silappatikaram

Cuando leí esto, con asombro, no pude dejar de recordar los versos de Kavafis, su Viaje a Ítaca.

Fue después que supe que este texto pertenece al equivalente tamil de la Odisea.
Qué bueno!! Parece que es cierto que los caminos, finalmente, se cruzan...

Madurai, la segunda ciudad más importante del estado de Tamil Nadu, es una de las más antiguas de la India. Se dice que se formó al caer una gota de néctar del pelo de Shiva...
Ya constan sus relaciones comerciales con Grecia y Roma allá por el S. IV a.C. Después pasaron por ella Pandyas, Cholas, invasores musulmanes, y las dinastías reales Vijayanagar y Nayak... hasta que los ingleses y su Compañía de las Indias Orientales se hicieron cargo de la situación.
Fue también lugar de reunión de escritores y poetas desde el periodo Sangam, con sus academias, en el 300 a.C. Sus poemas de amor apasionado y guerra, que me hacen evocar los de Omar Jayyam, pueden resultar chocantes en una cultura vinculada a la espiritualidad. Aunque, bien mirado, tal vez antes de alcanzar el cielo haya que pisar firmemente la tierra...

Después de esto esperaba respirar historia y poesía en esta ciudad. En cambio, me encontré con algo más prosaico: otra ciudad india. Es el riesgo que se corre cuando se tienen expectativas...

Madurai es también el más importante centro religioso y de peregrinación del sur de la India. Muestra de esto es el, para mi gusto, más excesivo que grandioso, templo de Sri Meenakshi con sus 180.000 metros cuadrados y doce torres de hasta 52 metros (no sé porqué pero verlas emerger entre los edificios me recordaba los templos de Tikal emergiendo de la selva...Tal vez por su magnitud y su forma piramidal). 
Sri Meenakshi también tiene su leyenda: Meenakshi era una hermosa diosa de ojos de pez con tres pechos. El sobrante desaparecería cuando fuera desposada por Shiva, y así ocurrió. Los devotos todavía llevan a la imagen de Shiva a pasar la noche con la diosa y lo traen de vuelta por la mañana. Y que luego digan que el amor no puede durar para siempre...
Más allá de la leyenda, este templo es una ciudad dentro de la ciudad llena de tiendas de artículos devocionales y más... en la que, aprovechando el domingo, familias enteras pasan el día (después de hacer cola a la entrada y ser cacheados). Es lo más parecido a un parque temático...

Poco más queda del antiguo esplendor de Madurai. Los tradicionales edificios con balconadas de madera han sido sustituidos por otros modernos sin ningún encanto en un urbanismo desordenado y cochambroso.

Así que, visto lo visto, después de la visita intentamos encontrar un bar para tomar una cerveza. La tarea resulta ardua... Sólo hay tiendas, la mayoría joyerías en las que se encargan las dotes de las hijas casaderas. Los pocos hoteles que encontramos no tienen bar y no parecen entender lo que les preguntamos (Lost in translation versión india...) o no nos ponen buena cara. Por otro lado, hay un toque de queda alcohólico fijado a las 23h... Tenemos que aguzar el ingenio y afinar bien los radares para encontrar lo que buscamos. Damos con ello entrando al “bar” de un hotel (un antro oscuro con neones, un aire acondicionado helador y sin baño para mujeres), de forma casi clandestina, por el garaje. Las escena se repite más tarde en la cena... 

"Qué es lo que falla aquí?" me pregunto... Porqué un gesto para nosostros tan cotidiano como tomar una cerveza es aquí aún más difícil que en el resto de India? 
Luego caigo en la cuenta de que se trata de una ciudad de peregrinación y de que el hinduísmo, en su extremo, es estrictamente vegetariano y reniega del alcohol.

Y recuerdo una escena de otra película, ésta con el islam como fondo, en que un muchacho se extraña de que un devoto beba cerveza. Entonces éste le dice: "Si tu fe es como este vaso de agua un poco de vino la teñirá. Pero si tu fe es como el océano, un vaso de vino no se notará".

Pues eso... Ya lo decía Jayyam.










lunes, 8 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 6- HACIA CHETINNAD. La India rural


Dejamos Tanjavur. Nuestro destino es Chetinnad, una región que no sale en la Lonely Planet (¡¡!!), ni casi en los mapas.

La raya central desaparece de la carretera y nos vamos adentrando en la India rural entre rojas tierras de cultivo, arrozales, plataneras, palmeras y plantaciones de caña de azúcar.

También nos vamos acercando al monzón...

La ruta está salpicada de pueblecitos con templos, estanques, prados en los que los niños juegan al cricket (los ingleses de nuevo), y algo insólito: decadentes casas señoriales de un particular estilo colonial, desmesuradas para el lugar, sobre todo en nuestro destino, Kannadukatan. Esto se debe a que familias de comerciantes y banqueros, los Nattukotai Chettiars se establecieron ahí hace más de 200 años para emigrar luego a otros países de Asia y América. Las casas han quedado, en su mayoría, cerradas y al cuidado de guardeses. Nos alojamos en una de ellas, adaptada para el incipiente turismo (casualmente durante nuestra estancia la ministra del ramo visitó el pueblo y nuestro hotel!), y podemos ver alguna otra. Realmente, es como transportarse a esa época: Impresionantes puertas, patios columnados y techos en teca maciza, suelos de azulejos de vivos colores... algo muy alejado de las condiciones de vida de los locales en la actualidad. Esto le da un aire de misterio, de anacronismo e irrealidad difícil de explicar. Hay que ir ahí y verlo...

Pero antes, de camino, estaba previsto visitar un par de templos, para variar.

Llegamos a un  lugar en medio de ninguna parte. Bajo del bus desprevenida. No sabía qué me iba a encontrar. No tenía ni idea de que iba a entrar en uno de esos momentos alucinantes por los que sientes que bien mereció la pena el viaje.
A los lados de un camino, flanqueando el paso bajo un cielo plomizo de monzón, hay algo insólito: unos caballos de arcilla, cientos, casi del tamaño de una persona, en estados muy diversos de conservación. Es el templo de Ajanar, dios cuyo avatar usaba el caballo como vehículo para reingresar a la vida terrenal. Pero, en realidad, se trata de un sincretismo del hinduismo con creencias animistas locales (de hecho, están sacrificando ritualmente una gallina entre los matorrales cuando llegamos). El altar está lleno de exvotos antropomorfos y en el lugar se respira una atmósfera especial, indefinible. Impresionante! Al parecer, en Julio se celebra una festividad en honor a este dios y se fabrican estos caballos. Los viejos se llevan al camino...Y así año tras año.

El otro templo, el de Athmanatha, en Avudayan Koil, lo vemos al día siguiente. Es uno de los más antiguos de Tamil Nadu, data del S.VIII. Y resulta otra sorprendente sorpresa.
Tiene una curiosa leyenda detrás, como casi todo en India. Si las contara todas esto, más que un relato de viajes, parecería las mil y una noches...
El caso es que, un rey envió a su ministro a esta región a comprar unos caballos, pero éste, por el camino, se iluminó y su devoción le llevó a gastar el dinero en levantar el templo, entonces apenas sólo una plataforma. Cuando el rey le pidió cuentas recogió los zorros de la región que, ante él, se presentaron transformados en caballos, volviendo a su forma original una vez satisfecho el rey.
El devoto ministro acabó siendo uno de los santos del shivaísmo y nombrado "El Señor de las almas". Se dice que ayuda a éstas a encontrar su camino, y que gracias a él el buscador se hace Uno con la divinidad. En fin...

No sólo la leyenda resulta singular... El lugar te transporta a otros tiempos y evoca otras culturas en los rasgos y vestimentas, más centroasiáticos que indios, de los personajes representados en sus maravillosas esculturas y bajorrelieves. Unos coloridos frescos muestran cómo se las gastaban los invasores arios con los locales drávidas. Las torturas eran atroces...

Quedan más anécdotas...


Un recorrido en tu-tuc, nuestro bautismo en este viaje, por más templos locales (qué le vamos a hacer, somos insaciables...), abiertos expresamente para nosotros, en los que pudimos realizar las correspondientes pujas (Ya se sabe, salud, dinero y amor...) y confraternizar con los locales. 

El viejecito del dhoti amarillo que, al cruzarse con nosotros, empezó a hablarnos, en tamil, y yo le contesté en español y así estuvimos un rato, él y yo, charlando cada loco con su tema... Salta a la vista que la gente, por lo general, es amable, sonriente y encantadora a pesar de la distancia idiomática.

La visita al taller de azulejos. Ver a los artesanos elaborar de la nada preciosos juegos de dibujos y colores fue como ver a un mago hacer un truco...

En fin... Un lugar y unas gentes para conocer antes de que el turismo occidental lo invada y desvirtúe. Una sorpresa y una suerte poder visitarlo. Y un puñado de recuerdos dignos de guardar en la "mochila".


                                                                      Templo de Ajanar

                                                                Cocina comunitaria


                                                             Siesta en Athmanathar

Carro devocional


                                                                   Kannadukatán 1

                                                                        Kannaduhatán 2

                                                             Atendiendo "la llamada"

                                                               "Otro" templo de Ajanar

                                                           Elaboración de azulejos