jueves, 18 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 16- MYSORE. La ciudad del sándalo y la seda

Seguimos camino hacia el norte, a Mysore. Estamos ya en el estado de Karnataka.

Las montañas y los bosques van quedando atrás y nos adentramos, de nuevo, en la India rural entre praderas salpicadas de campos de cultivo: bananeras, caña de azúcar, girasoles, arrozales, algodón... y algunas palmeras.

La carretera está bordeada por grandes árboles que ofrecen su generosa sombra y tranquilidad a grupos de hombres que descansan, charlan, esperan un transporte, sestean (no para de asombrarme la capacidad que tienen los hindús para dormir en cualquier lado, hasta en el canto de los bordillos...), a puestecillos de fruta... Algunos albergan en los huecos de sus raices algunas deidades, convertidos en auténticos templos vivientes.

Por la calzada los campesinos arrean yuntas de enormes cebús de cuernos pintados. El ambiente es tan animado como siempre y, además, festivo: Es 15 de agosto, el día en que todo el pueblo indio, sin excepción, celebra su Independencia. Al pasar por los pueblos se ven banderitas, niños vestidos con sus mejores galas escolares, estrados adornados... 

Así que vamos tan entretenidos que, casi sin darnos cuenta, llegamos a destino!

Mysore, cuenta la leyenda, es el lugar en que la justiciera diosa Chamundra (una encarnación de Durga) mató al demonio Mahisava liberando a su población.
En una colina vecina, el monte Chamundi, se erigió un templo en su honor muy venerado. Aprovechamos el día festivo para ver el ambientillo en sus alrededores y tener una panorámica de esta ciudad que me sorprende y asombra por su monumentalidad: Amplias calles, espaciosas avenidas arboladas, rotondas con templetes, grandes parques y señoriales edificios porticados en diferentes grados de abandono... Todo ello, de aire muy inglés, testimonio de un antiguo esplendor. 

No podía ser de otro modo pues Mysore fue la capital de la dinastía Wadiyar, que gobernó la zona desde 1399 hasta la independencia en 1947 (Salvo un breve periodo en que Haidar Alí, un general de su ejército, y su hijo Tipu Sahib usurparon el poder, con la colaboración de los franceses, a los que los ingleses ayudaron a derrocar en 1799), y residencia de sus Marajás, tan venerados por su pueblo por sus gestos de generosidad que, tras la independencia, el último fue elegido gobernador.

El palacio me deja estupefacta. Reconstruido tras un incendio que lo asoló, en 1912, sólo 15 años después de su destrucción, estaba terminado con un desembolso enorme para la época. En recargado estilo colonial indosarraceno (mezcla de hindú, mogol, neogótico...) es desmesurado en dimensiones y excesivo, obsceno, en el lujo que lo adorna y los objetos que contiene. Digo yo que, lo realmente generoso hubiera sido dedicar ese dinero a mejorar verdaderamente las condiciones de vida de su pueblo. En fin... Un monumento al ego, las ansias de poder, la desigualdad y la injusticia social. Otro más...

Un punto que no se debe dejar de visitar es el colorista y animadísimo mercado de Devaraja y sus alrededores. Éste fue el centro del comercio del sándalo (el 70% de la producción de toda India se da en este estado) y la seda para suntuosos saris.


Aunque su grandeza, como el resto de la ciudad, ha decaído, merece la pena dejarse llevar por la corriente humana en sus callejones, entre guirnaldas de flores que son tejidas con destreza, el olor del jazmín, el sándalo y el incienso, las pilas de kumbun ( polvo con el que se marca la tikka o bindi, ese adorno que se ponen en el entrecejo por motivos religiosos o por simple estética ) de intensos colores, y de nuez de bétel, sus fruterías...

Y, ya puestos, cruzar la calle (aquí esto se convierte en un deporte de riesgo, dada la anchura de las calles, el mayor número de coches y la práctica ausencia e inoperancia de los semáforos...), entrar en uno de los restaurantes locales, compartir mesa con ellos e investigar algunos platillos de su gastronomía ya sin miedo al picante y asumiendo el riesgo de algún efecto intestinal indeseado.

Ah! No olvidemos que no está bien visto usar la mano izquierda para comer pero que, en cambio, la emisión, incluso ruidosa, de gases arriba y abajo es muestra de una comida disfrutada y bien asentada...

Esto es India!













                                                     
                                               





martes, 16 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 15- MUDUMALAI. El corazón de los Nilgiri

La Reserva de la Biosfera de Nilgiri, en las estribaciones de los Gathes occidentales, se extiende en una superficie de 5.500 km cuadrados en la encrucijada formada por los estados de Karnataka, Kerala y Tamil Nadu. Parte de ella está organizada en forma de Parques Nacionales: Wayanad en Kerala, Bandipur en Karnataka, y Mudumalai en Tamil Nadu. Aunque estas áreas de conservación tienen un planteamiento ligeramente distinto del nuestro, como luego veremos...

Nuestro destino es el Parque Nacional de Mudumalai, de unos 321 km cuadrados. Según dicen el mejor conservado de los tres y en el que es más fácil contemplar fauna. Regresamos, pues, a Tamil Nadu por dos días.

La etapa desde Kochi es larga pero entretenida, con ese escaparate a la vida cotidiana del hindú que son sus carreteras.
Puedo observar que las casas en ese tramo del norte de Kerala son de buena construcción y las infraestructuras y servicios también parecen mejores que la media. Las sonrisas siguen siendo de primera calidad.
El paisaje también va cambiando. La carretera va ascendiendo, primero de forma suave, para hacerse progresivamente más empinada y serpenteante. Las palmeras van siendo sustituidas por plataneras, árboles de hoja semiperenne y algunas plantaciones de caucho. La humedad va aumentando y la temperatura desciende. Hasta que aparecen grandes matas de bambú, plantaciones de té y, arriba del todo, de café. Por unos momentos siento que me hubiera transportado a Colombia, al Eje cafetero! Pero, no, los verdes no son tan matizados. Estamos muy lejos...

Enseguida vemos la entrada del parque. No puedo creerlo, aunque nuestra guía ya nos avisó: El parque es atravesado por la carretera que comunica con Mysore durante unos 15 kilómetros. De hecho, es la única vía habilitada para el tránsito rodado y no se permite el acceso a pie por pistas debido a la peligrosidad que entraña (ha habido algún caso de turistas muertos por ataques de elefantes).
El tráfico por la carretera es intenso y no precisamente silencioso... sobre todo el domingo. A ambos lados de ésta hay carteles que prohiben tirar basura, dar de comer a los animales, hacer ruido, salir de los coches y... hacer fotos!! Ni que decir tiene que todas esas prohibiciones son incumplidas continuamente. Pudimos ver familias enteras fotografiándosen bien cerca de los elefantes.
Otra peculiaridad es que en el área del parque hay asentamientos humanos. No me refiero a etnias montañesas -Los pueblos indígenas (badagas, kotas, kurumbas, irulus), dedicados durante mucho tiempo a la recolección de miel y plantas medicinales ayurvédicas, y a un agricultura de subsistencia, han sido absorbidos- sino a pueblos convencionales que han llegado a domesticar algunos elefantes. Aprovechamos pues también para visitar a estos otros habitantes del parque en Masinagudi y Bokkapuram. Y, como no, para ver dos templitos, Murugan y Golpaswam Belta, no tanto por éstos como por su enclave privilegiado. En el segundo había un gentío enorme y llegar a él se convirtió en una romería. De nuevo el domingo...
En fin, esto es India... y éste es un viaje más de paisajes humanos que naturales.

Aún así en el tiempo de estancia pudimos ver a placer elefantes (hay unos 600 en el parque), bueyes de agua, gaúres (bisonte indio), chitales (ciervos moteados), jabalíes y macacos en las márgenes boscosas al lado de la carretera. Y muchas aves desde el resort en el que nos alojamos, un perfecto mirador a las montañas. Eso sí, nada de tigres...

Tras esta experiencia que, con todo, ha sido un soplo de aire fresco y un respiro en el ajetreo del viaje salimos por la misma carretera, que atraviesa también el parque de Bandipur, ya en Karnataka, hacia Mysore...


                                                                              Por el camino 1

                                                 Por el camino 2

                                                                           El té



                                                                                Gaur

                                                                                Chitales




lunes, 15 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 14- KOCHI. El Crisol


Kochi (Cochín) está recubierta por una costra musgosa, húmeda. Es la pátina con la que ha impregnado esta ciudad el tiempo, la historia y el monzón.

Y doy fe de que es así. El tiempo en sus calles retrocede, en cada esquina se respira toda su historia con el aroma de las especias, y el monzón se nos mostró con toda su intensidad...

Vasco de Gama apuntó algo mejor que otros el astrolabio en su búsqueda de una vía a las especias y arribó a estas costas en 1498.
Por aquel entonces Kochi ya tenía una larga historia detrás: fenicios, romanos, cristianos sirios, árabes y chinos pasaron por aquí en su camino hacia las Molucas, en Indonesia, haciendo acopio de los preciados condimentos, de marfil y esencias, y dejando a su paso un poso de religiones, costumbres e inventos, como las redes chinas, arte de pesca legado por los mercaderes de la corte de Kublai Khan allá por el S. XV y aún en uso en las orillas de Fort Cochin y la isla de Vypeen. Ver cómo los pescadores manejan los contrapesos que sumergen la red es un espectáculo... como presenciar una danza.

Al intrépido portugués y sus compatriotas le seguirían holandeses y británicos, configurando un crisol de culturas y religiones difícil de encontrar en otro lugar. Mezquitas, sinagogas, iglesias y templos hindús conviven en armonía en la actualidad de sus barrios.

Esta ciudad de la costa tropical de Malabar está formada por una zona peninsular y un conjunto de islas. Nosotros nos alojamos en una de ellas: Fort Cochin, justo al lado de la casa en la que vivío Vasco de Gama y de la iglesia de San Francisco, la más antigua en india de construcción europea, nada menos que de 1503. En ella estuvo enterrado el portugués durante catorce años, hasta el traslado de su cuerpo a Lisboa en 1538. Aún se conserva su cenotafio, que visitamos.

Si China es el lugar donde puedes hacer dinero, Cochin es el lugar donde puedes gastarlo”, decía un comerciante de la época. 
Y podemos imaginarlo de camino al barrio judío de Mattancherry cuando pasamos por los almacenes anejos a los muelles. Allí todavía se amontonan los sacos de arpillera (de esos que ya no se usan en nuestro pais desde hace cincuenta años) conteniendo las preciadas especias: cardamomo, clavo, nuez moscada, cúrcuma, pimienta, comino, jengibre, cayena... y diferentes tipos de arroz, nunca había visto tantos.

Visitamos el palacio de Mattancherry, un regalo de los portugueses al rajá de turno en 1555, posiblemente más para asegurar sus privilegios mercantiles que por generosidad y reconstruido luego por los holandeses. Pero, sin duda, lo más singular el la sinagoga de Pardesi con sus baldosas de porcelana china de Cantón. Se hace increíble estar pisando algo tan delicado como bien conservado después de casi medio siglo.

Todo fue explorado, pateado, exhaustivamente: El barrio musulmán con su intrincada red de callejuelas; la isla de Vypeen con sus redes, sus escuelas y el acogedor pueblecito; Ernakulam, en el lado peninsular, esa sí, una ciudad típicamente india...
Los cruces entre islas, en transbordador y ferry. En este último apuré hasta la última parada y llegué a ser la única persona occidental en el animado barco. Que sensación más rara...

Y, para terminar, un repaso a las tradiciones autóctonas: Una exhibición de kalarippayat, arte marcial del S.XII, y otra de Kathakali, un teatro-danza no hablado antiquísimo en su origen en el que la historia se cuenta con la expresividad de la cara y los mudras realizados con las manos. El vestuario y, sobre todo, el maquillaje resultan impactantes. Y contemplar la sesión de maquillaje que los actores realizan cara al público con unas ragas de fondo (esa música hindú repetitiva que ayuda a inducir un trance meditativo pero que puede resultar insufrible a los no “iniciados”...), algo hipnótico.






  





                                                                           

INDIA DEL SUR. 13- BACKWATERS. Las arterias de Kerala


Los Backwaters, una intrincada red de canales y lagunas, unos 2.000 km., que separan el mar de tierra firme, ocupan un área de 900 km. cuadrados desde Alleppey (Alappuzha) hasta más al norte de Cochin, y son las arterias de Kerala, sus autopistas fluviales. Los sedimentos acumulados en la desembocadura de los ríos fueron generando una costa paralela. Los hombres, construyendo diques, hicieron el resto.


Recorrerlos en un Kettuvalam, una barcaza arrocera, entre palmeras y campos de arroz de un verde brillante, casi iridiscente, es una auténtica delicia.


Las aldeas se extienden sin solución de continuidad ni límites fijos por las orillas de sus canales. 

Ahí podemos ver, de nuevo, escenas de la vida cotidiana: el baño matutino, mujeres lavando los platos, hombres haciendo la colada con esa costumbre consistente en golpear la ropa contra una piedra, campesinos regresando de los arrozales, gente cruzando de una a otra orilla en pequeñas barcas, niños acudiendo al colegio... Y, a la vez, avistar águilas pescadoras, cormoranes, aningas, garzas, martinetes, martín pescador...(Éste está en casi todos los cables y nos lleva acompañando todo el camino. Será por eso que le han puesto su nombre a la cerveza local?).

También podemos bajar a visitar alguno de esos pueblos, apenas dos hileras de casas a cada lado del canal, como hicimos en Champakkulam, asistir a una misa ortodoxa o hacer alguna compra en su mercado-cooperativa.
Y acercarnos a una tienda de licores a comprar las cervezas para la cena (increíble lo deliciosa que era la comida que nos sirvieron a bordo), en un lugar en medio de la nada en el que tuvimos que hacer cola junto con los locales, como si se tratara de un banco, encajonados entre unas barreras metálicas mientras el tendero despachaba a través del ventanuco practicado en la reja que cubría el frente de la tienda y los parroquianos escondían las botellas entre los pliegues de sus dhoti. Como si se tratase de un acto clandestino... Que bárbaro!

O, sin más, podemos dejar que el ronroneo del motor y el sonido del agua nos vayan meciendo y adormeciendo mientras la brisa y el sol nos acarician la cara, sin nada más que hacer que dejar pasar el tiempo y disfrutar de unos momentos irrepetibles...

                                           
                                                     Backwaters
                                                                                                        Kettuvalam



                                               Esperando el "autobús"

                                                   Aseo matutino                                         


                                                          




                                                       
                                                       

                                             


INDIA DEL SUR. 12- ESTAMPAS DE KERALA. Playas y palacios

De los primeros días en Kerala estas imágenes son las que se han grabado con más fuerza en mi retina.

Playas...

Cerca de la turística Kovalam y sus playas, Vizhingam Harbour es algo más que un pueblo de pescadores. Se trata de un gran puerto pesquero que abastece a buena parte del sur de Kerala.

Al llegar llaman la atención las dos grandes mezquitas que dominan la playa, y la iglesia al fondo -Una extravagante estructura con forma de pagoda con una enorme virgen en una barca sobre su tejado (la del Carmen, tal vez. La equivalente de Kanyakumari? No sé, yo ya me pierdo...)-, que contrastan fuertemente con la sencillez y precariedad en que viven sus gentes.

La primera impresión del puerto sobrecoge: cientos de coloridas barcas abarrotan la bahía y una multitud en ebullición ocupa toda la playa.

Desde que amanece, y mientras hay luz, el lugar es un trasiego incesante de pequeñas barcas de pesca que entran en la playa con las capturas medio clasificadas en cuévanos (sobre todo grandes calamares) y los descargan rápidamente en enormes baldes de zinc para regresar inmediatamente al mar. Los baldes son porteados sobre su cabeza por hombres fibrosos de gesto entre sufrido y concentrado (deben de pesar muchísimo, pues se van hundiendo literalmente en la arena por el peso de la carga). Más adelante son clasificados en cajas que se rellenan con hielo y se transportan en motocarros hasta los alrededores de la carretera, desde donde salen en camiones a su destino.
La tarea ha de realizarse con rapidez, pues el calor, los cuervos, las moscas y la ausencia de frigoríficos apremian.

Otros lotes son subastados sobre la marcha, sobre la arena. Un poco más arriba algunas mujeres venden en puestecillos improvisados en el suelo los peces más pequeños, no aprovechables, para el consumo local. Grupos de hombres juegan a las cartas en un descanso de la faena y mascan bétel, que se vende en algún quiosco. Otros reparan los motores fueraborda...

Todo esto compone un cuadro singular e impactante, digno de ver.

Palacios...

Los palacios de los marajás de Travancore, que extendieron su dominio desde el 1500 en una zona que abarca parte de Tamil Nadu y Kerala, tienen nombres impronunciables y un denominador común: su grandiosidad y suntuosidad.

De ellos, el de Padmanabhapuram es el más antiguo e impactante. De hecho es el mayor complejo palaciego de toda Asia. Lástima que sólo pudimos echar un vistazo al exterior...

El de Utha Maliga, o de los caballos, con sus 200 años de antiguedad, fue la excusa para concertar un tuc-tuc y cubrir los 16 km. hasta la capital, Thiruvananthapuram (Trivandrum).
La experiencia (cuatro ocupantes más el conductor en el pequeño vehículo) fue muy divertida, y la visita mereció la pena, no sólo por el palacio: magníficos techos, columnas, balcones y galerías en ébano macizo talladas con bellas imágenes de caballos (de ahí su sobrenombre), estanques interiores que acumulaban el agua de lluvia en los que se bañaban las mujeres, lámparas belgas, espejos de murano, armas tradicionales, un impresionante trono de marfil hecho con los colmillos de 25 elefantes y otro de cristal, palanquines, grandes esculturas de madera representando figuras del kathakali... Además el templo de Sri Padmanabhaswamy es grandioso y las callecitas anejas con sus casas de tejados a dos aguas de tejas rojas, que recuerdan vagamente a las de Hoi An en Vietnam, son un remanso de encanto muy especial.

El de Krishnapuram es una “pequeña” residencia de verano, pero alberga unos preciosos frescos, algunas piezas de los yacimientos arqueológicos de Harappa y Mohenho Daro y una colección de monedas en las que me llamaron la atención unas del tamaño de una lenteja. Nunca las había visto tan pequeñas...

Los tres palacios son similares en aspecto y planteamiento. Y te hacen imaginar lo que debía ser vivir como un marajá.

Todo esto, como quien dice, a un paso del pueblo de pescadores. Qué contrastes! Qué vidas tan diferentes, tan desiguales...

                                                                               
                                                                       Faro beach

                                                                Sin comentarios...

                                                                     Vizhingam Harbour







                                         Palacio de Padnamabhapuram

                                                          Templo de Padmanabhaswamy

                                                        
                                                        
                                                                 

viernes, 12 de agosto de 2011

INDIA DEL SUR. 11- EL PAÍS DE LAS SONRISAS

 
En India viven 1200 millones de habitantes repartidos en 28 Estados -cada uno con su primer ministro, su gobierno... y grandes diferencias entre ellos, por lo que he podido comprobar-, en una superficie equivalente a siete veces el tamaño del Estado español.

De ellos, aproximadamente, el 81.3% son hinduístas, un 12% musulmanes, el 2.3% cristianos, un 1.9% sijs (un sincretismo entre hinduísmo y budismo), el 1.2% budistas y jainístas (esos que llevan su respeto por los animales hasta el punto de ponerse una mascarilla para evitar tragarse algún mosquito), y un 0.8% parsis (zoroastristas).

En cuanto a las lenguas, hay 18 idiomas oficiales: Hindi (el idioma oficial de Delhi), bengalí, tamil, urdu... y unos 1660 dialectos reconocidos. Una auténtica Babel.

El idioma oficial, el que se utiliza en las relaciones con el exterior, y en las relaciones institucionales entre estados, es el inglés. De hecho, por ejemplo, los tamiles se resisten a usar el hindi y prefieren dirigirse al resto de sus compatriotas en inglés, sea cual sea el contexto...

A pesar de que el uso del inglés es generalizado no siempre es fácil entenderlos, sobre todo para alguien con un inglés básico como yo (A la vuelta de las vacaciones siempre me digo: “Este año me pongo en serio...”), pues hablan muy rápido y con acento marcado. Imagino que debe resultarle algo parecido a un inglés que esté empezando a aprender español cuando habla con un andaluz (Con todo mi respeto a los andaluces, pero es que, a veces, a los castellanos del “centro” también nos cuesta entenderlos...).

Pero hay otro lenguaje no verbal, más universal, de cuya importancia tomas plena conciencia en estos casos: El de las miradas intensas y las sonrisas extensas. Y es que vale más una imagen que mil palabras...

Esto se hace patente en muchos países, pero en éste especialmente. La India es un país de sonrisas.

Te sonríen todos los ocupantes de sus abarrotados buses, los niños camino del colegio, las mujeres que te cruzas en los mercados, los jóvenes a los que consultas una dirección (que, muchas veces, te acompañan hasta asegurarse de que estás en el buen camino), los hombres desde sus negocios... Sin excepción, y sin  importar su condición. Es más, diría que sonríen más los más humildes, los que menos tienen... 
Son todas ellas sonrisas luminosas, da igual la perfección de su dentadura y su blancura (de hecho, todas resultan muy blancas en contraste con su piel).
A veces las acompañan con un gesto de la mano a modo de saludo, o con ese encantador mohín que hacen oscilando la cabeza y que es su forma de asentir (justo al revés que nosostros...).

Luego están las miradas. Las hay curiosas, tímidas, inquisitivas, seductoras, amistosas, hospitalarias, divertidas...

Y las consabidas preguntas sobre la marcha: "Where are you from?", "What´s your name?", con las que, sobre todo los niños, intentan satisfacer su curiosidad.

Nunca había mirado tanto y tan intensamente a los ojos ni había sonreído tanto como aquí, en este viaje, consciente de que cada persona con la que te cruzas te cuenta en unos instantes una historia, a veces toda una vida, con una mirada, y te abraza con una sonrisa.

Creo que la India me está enseñando a sonreir más y, sobre todo, a sonreir mejor, desde otro lado... desde el corazón. 




INDIA DEL SUR. 10- KERALA. El estado de la hoz y el martillo.

A medida que nos adentramos en Kerala se van haciendo manifiestas las diferencias con Tamil Nadu. Y no sólo porque el color de sus tuc-tuc pase de ser amarillo a amarillo-negro...

El paisaje se vuelve más selvático, con una vegetación más exuberante en la que las palmeras, introducidas desde Ceilán, adquieren protagonismo absoluto. De ahí su nombre: Kera alam, el lugar de los cocos...

Otros detalles van mostrándose sutilmente:

La piel de sus habitantes es algo más clara, sus ciudades algo más limpias y menos caóticas (o será que ya nos vamos acostumbrando?), el idioma, el malayalam, más suave y musical... y la comida, en la que el coco también es protagonista, aunque especiada, menos picante.

Los templos hinduístas, la religión predominante en Tamil Nadu, van cediendo el protagonismo a iglesias y mezquitas, coexistiendo todas en armonía. Los católicos (incluyo también protestantes y cristianos ortodoxos) son especialmente devotos en el centro del estado y muestran gran veneración por la imagen del corazón de Jesús. Resulta muy curioso observar alguna de esas fervientes ceremonias y escuchar los cantos de las mujeres.

Pero, con todo, lo que más llama la atención en cuanto se entra en Kerala es la presencia del símbolo de la hoz y el martillo. Es algo omnipresente en carteles, pintadas, monumentos en las esquinas de las calles... asociado a sus líderes políticos y a imágenes icónicas como la del Che Guevara.
Resulta sorprendente, y emocionante, cuando en el resto del mundo, hasta en los países que enarbolaron esa bandera, es una imagen y una ideología denostada y en desuso.

Y es que, este estado de treinta millones de habitantes y una superficie similar a la de Bélgica, fue el primero del mundo en tener, allá por 1957, un gobierno comunista electo!

La combinación de ideas socialistas y democráticas ha hecho que Kerala sea el estado socialmente más avanzado de India, el de mayor índice de alfabetización (cercano al 95%), con el mejor reparto de la riqueza (“solo” un 17% viven bajo el umbral de la pobreza, frente al 37% del resto del país) y el mejor sistema sanitario, lo que hace que la esperanza de vida, 73 años, sea diez años superior al resto del país. La mujer también goza de mayor consideración (Entre otras cosas el aborto selectivo, practicado para evitar el problema de endeudamiento que supone la dote de las hijas, está muy perseguido)... Pero, sobre todo, es algo que ha calado en la mentalidad de sus habitantes más allá de los gobernantes electos de turno. 

En fin, no sigo porque me entusiasmo...